La revista de la OCU de este mes publica varias páginas a analizar los precios de los supermercados en España, señalando los más baratos, y cuantificando el potencial ahorro en las compras anuales de alimentos, que puede rondar los 1.000 euros.

Un trabajo muy interesante el de la OCU, pues ciertamente los precios de los alimentos varían según tiendas y ciudades. Señala también la noticia que, con la pandemia, muchas familias han tenido que enfrentarse a un brusco descenso de sus ingresos; concretamente, se estima que el presupuesto familiar se desplomó un 10,7% a lo largo del último año. Con ello, las cadenas de distribución alimenticia ofrecen más rebajas y descuentos, provocando más competencia entre ellas.

El estudio incluye productos de alimentación, higiene y droguería de marcas, pero también los productos frescos: carnes, pescados, frutas y verduras. En estos últimos –aclara la OCU- no pueden garantizarse que sean idénticos en cuanto a calidad o frescura  (lógico), y es el precio el factor diferenciador. Y, por supuesto, también se analizan los productos de marcas blancas, o sin marca.

Todas estas muestras se tratan como cestas diferenciadas a la hora de analizar el comportamiento de sus precios. Hay en el estudio una referencia que es la de cesta sin frescos, que se refiere al consumidor que compra los alimentos envasados en los super, pero prefiere acudir al mercado tradicional o a fruterías, pescaderías o carnicerías de su barrio para adquirir los productos frescos.

Sabiendo la importancia de comprar a buen precio para aprovisionarse de víveres, sobre todo en el sector familiar, me apena saber que los supermercados solo se distingan en función de si son más o menos baratos o caros, es decir, solamente el precio. No se analiza la calidad, el origen, sus características de temporada, cercanía, presentación a granel, etc. 

Y es que los alimentos son los artículos más sensibles –por ser básicos para la supervivencia- en el consumo humano. Y ello le da valor a la calidad y la frescura, o eso creo. Factores que parece que cuentan poco a la hora de hacer la compra. Entiendo que ambas son a veces incompatibles con el presupuesto disponible,  pero no de un modo tan radical. Se podría valorar un término medio, contando con otras virtudes, seleccionando los de mejor relación calidad/precio por ejemplo, y centrándonos en la presentación a granel. Que los envases encarecen y a veces no son tan necesarios. 

Me deprime mucho ver tantas ofertas -2×1, que nos obligan a comprar de más-, % de descuento llamativo en la segunda unidad, precios por debajo del coste para artículos gancho (véase la leche), bajada de precios para alimentos procesados como excedentes, o rebajas en envasados que en realidad han reducido el peso y lo disimulan, etc.

Y por terminar, comentar que algunos sueldos (por llamarlos de alguna manera) no permiten elegir a la hora de comprar alimentos, sobre todo frescos, que cocinados podrían abaratar considerablemente el coste de la alimentación familiar, en lugar de tanto procesado y/envasado.

Con todo, se hace difícil hacer una compra saludable y eficiente para comer en condiciones. Y, desde luego, el factor precio no debería ser el único de decisión. Como dice el científico Miguel Ángel Lurueña,  “No es que comer bien sea caro, el problema es que comer mal es muy barato”.