Henos aquí, humildes tortillandos en busca de título, en la casa madre, en el aula número 1, en la oficina principal de la red de bares de producción tortillológica, en el kilómetro cero del saber crear y combinar huevos, papas y aceite con otras cosas de buen comer. Manuel Rengel es el dueño desde hace treinta años del restaurante Los Corrales, situado en la Avenida Duquesa Luisa Isabel, también llamada La Calzada, en Sanlúcar de Barrameda.

Este cuartel general de la Licenciatura  acogió el acto solemne de apertura del curso de Tortillología,  confirmando así la sospecha de que en Sanlúcar se tapea de lujo, por no decir algo más ordinario. Por ello, en este establecimiento tuvimos que observar una mayor atención, disciplina, seriedad y disposición, conscientes de que el examen de Los Corrales tendría mayor peso en la nota media del curso, y de que cualquier distracción o pamplina dicha a destiempo podría acarrearnos un punto negativo en nuestro expediente académico, o escribir 100 veces “Con la tortilla no se juega….”

Y es que en Los Corrales, para que no haya duda sobre su nombramiento como referencia tortillológica, todo es a lo grande. Desde el desayuno, en el que a uno le cuesta trabajo decidirse ante tantas propuestas recitadas del tirón por el cuerpo de camareros. Tal es la variedad en panes, aceites, jamones, mantecas, tortillas, etc. Toda una potencia como oferta culinaria gaditana. Una multinacional de la tortilla y otras buenas tapas.

Nos tocó el dia más lluvioso del año. Pero la terraza de Los Corrales está suficientemente protegida para disfrutar en sus mesas sin ningún problema. Y a eso del mediodía, pudimos probar la tortilla de patatas, esta vez de 45 huevos nada más (sin la comparamos con la de 360 del dia de la inauguración).

La tortilla de Los Corrales –algo doradita por arriba- lleva además de papas (de Sanlúcar por supuesto), huevos, pimientos verdes, pimientos rojos, jamón y chorizo. Todo este relleno se va saboreando lentamente, pues el grosor de la tortilla da para mucho. El jamón y el chorizo –de los buenos- alegran las papas sin llegar a resecarse. Hacer esta tortilla diariamente lleva horas, y a veces es portada en parihuelas por su tamaño, mientras desprende olores irresistibles. Y el servicio del bar es de lo más profesional.

Es una tortilla para disfrutar, que deja las ganas de repetir como elemento monográfico, sin mezclar con otras tapas, por su relevancia. Es sin duda un tortillón de nota y como tal la probamos. Y nuestras cartillas viajeras siguen sin una sola manchita de grasa. No estoy segura de que eso sea bueno a efectos del análisis del inspector Monforte, con lo mijita que es este tío…