Vuelvo a traer el libro “El detective en el Supermercado”, escrito por Michael Pollan en 2009, uno de los primeros que entró en mi biblioteca culinaria-gastronómica. Es una edición sencilla de un best seller mundial, ya que vendió en su momento más de 400.000 ejemplares. El  libro lo leí en 2011, y me dio una serie de claves sobre “comer bien sin dejarte engañas por la ciencia y la publicidad”, y entre otros mensajes, sugiere contar con la opinión de nuestra bisabuela a la hora de comprar los alimentos, por aquello de llevarla como asesora a la hora adquirir lo que venden en los supermercados, que son las tiendas mayoritarias de nuestros tiempos. 

El consejo de Pollan es: “no coma nada que su bisabuela no reconocería como comida”. Y creo que el autor se ha ido muy para atrás en el tiempo. Incluso mi abuela -1890-1966, si me acompañara a hacer compras a cualquier supermercado se haría un verdadero lío con los nuevos productos que se encuentran en las estanterías, pero mi madre, si viviera hoy, igual. Las cosas evolucionan muy rápidamente, porque yo tampoco conozco muchos productos expuestos en los lineales.

En el pasado mes de agosto -tras más de un año sin ir por allí- entré a un gran supermercado, en busca de un yogur ecológico o artesano. Supuse que en alguna vitrina refrigerada tendría la gama de este tipo de alimentos. Recorrí todas las filas y revisé las estanterías, en busca de los lácteos más selectivos o algo así. El caso es que no encontré nada que se le pareciera, porque entre otras cosas los nombres no aclaran la naturaleza del producto, o al menos, yo no fui capaz de identificarlos. y, lo que más me sorprendió es que todo lleva algo más, es decir, se acompañan de otras sustancias, aromas, sabores o «suplementos con letras de vitaminas». Y yo quería lo básico, y punto.

Eso sí, me harté de ver platos preparados: desde tortillas de patatas, lasañas, pasta, guisos de carne, etc., todo un repertorio listo para llevar, pero cuyo volumen y variada oferta se ha triplicado desde mi última visita al supermercado. Supongo que porque habrá una fuerte demanda de estos productos. 

Son nuevos tiempos, en los que es normal vender platos elaborados –de diversa calidad- para quien no puede, no sabe o no quiere cocinar. Tiempos con demasiados botes, tarros, sobres o tetra-briks. Todo viene transformado y ya nada es lo que parecía. Ya sé que los supermercados -y otro tipo de tiendas- venden desde hace mucho este formato, pero ahora se ha multiplicado en volumen.

A cambio, los alimentos frescos los vi alejados del pasillo principal, escondidos, envasados también en bandejas, y colocados para no interferir demasiado en la digna tarea de comprar para comer, o definir la comida, como sugiere el libro de Pollan, donde la comida es sustituida por sucedáneos.

Conclusión: salí deprimida de la tienda, porque no supe traducir una gran mayoría de productos envasados, que además no sé para qué sirven. Esto no es país para gente de mi generación….

Me fui sin yogur,  cogí mi carrito y me dirigí a comprar a mi frutero, que me habló del campo, de los últimos calabacines recogidos y de los tomates de temporada…