Será porque tengo los muebles atestados de libros gastronómicos, y porque me paso la vida intentando ordenándolos por contenido, para facilitar su localización. El caso es que a veces me planteo si algunos de ellos son o no necesarios o útiles. De hecho he ido regalando varios libros de recetas que, he comprobado, no me sirven para nada. Lo siento, no pretendo desprestigiar a ninguno de ellos.

Eso me ha ocurrido con un par de volúmenes: por ejemplo, uno dedicado a la supuesta “dieta mediterránea”, que en realidad de eso tenía poco, tanto que los ingredientes de sus recetas daban lugar a desconcierto culinario, porque se hacía difícil considerarlos saludables.

También en otros casos, me he tenido que deshacer de libros con demasiado “postureo”, que en su título abogaban por ofrecer soluciones para una cocina sencilla, cuando al final complicaban la elaboración de platos, con productos raros de conseguir, y en un número excesivo. Y vamos, no creo que nadie con una casa de familia se ponga a hacerlos a diario. 

Y, por último, doy aquí mis quejas a una colección de libros clasificados por productos (carnes, pastas, hortalizas, pescados, ensaladas, etc.), publicados allá por el año 2000, ya que uno de ellos, el dedicado a las verduras concretamente, contiene unas recetas atrayentes, en base a ingredientes sanos y, sobre todo, a las fotografías del plato acabado. Tanto es así que me he puesto en dos o tres ocasiones a cocinar algunas. En todos los casos ha sido un fracaso total. Aquella receta no ha funcionado, ni ha terminado como tal. Prácticamente incomible.

El motivo del chasco pudo haber sido la falta de algún ingrediente oculto, la mala explicación de la receta o –pensando mal- la publicación de un plato que ni siquiera se ha preparado previamente. En este caso, considero que es una tomadura de pelo. No obstante, en los libros de algunos grandes chefs y también de algunos influencers, pasa lo mismo, que las recetas no salen, tal como los amateurs de la cocina como yo, hemos podido comprobar. 

En fin, habrá que ir deshaciéndose de esos libros –muchos de librerías de viejo- que compré con la ilusión de encontrar recetas sabrosas y que me han ido decepcionando. Tengo un espacio limitado para mi biblioteca, cada vez más. Lo cierto es que en los años 90-2000 fueron muchos las publicaciones gastronómicas engañosas, ante la popularidad que adquirió la cocina.

No quiero engaños, postureos ni platos poco saludables.

NOTA: los libros de la imagen no son precisamente inútiles, todo lo contrario.