Ayer domingo dedicamos a la Tierra Madre una jornada de trabajo de mantenimiento y recuperación,  que falta le hace. Fue en la finca de Santa Olalla La Dehesa San Francisco, propiedad de la Fundación Monte Mediterráneo. Los avíos, además de botas apropiadas y chalecos acolchados, fueron azadas, picos, martillos, metros de alambre, protectores metálicos y arbolitos como acebuches, lentisco y pino. A la entrada del cortijo nos saludaron el ganado retinto, las ovejas merinas, los cerdos ibéricos, algún buitre despistado y la perra Felisa, todos ellos sin estrés. El grupo de héroes plantadores estaba formado por voluntarios de la Fundación Cajasol. ¡Viva la naturaleza!

La explicación de Gonzalo Cano, Ingeniero Forestal de la finca, nos motivó y convenció como para coger de inmediato nuestras pesadas herramientas con los guantes protectores. Allí olía a campo de verdad. Se trataba de actuar sobre arbolitos plantados y no crecidos, a los que había que quitar el protector metálico (con la ayuda de alicates), abrir nuevo alcorque (aunque a veces dábamos en la roca), plantar el nuevo árbol, tapar con tierra y volver a colocar el protector atado con alambre a palos metálicos de refuerzo en el suelo. Una labor dura para nosotros pero preciosa.

Como recordatorio, diré que la dehesa –habitat que se da en Andalucía- es una masa de árboles separados por huecos, que oscilan entre el 10-60% del total del suelo. Si los huecos no superan el 10%, hablamos de bosque, y si pasan del 60%, se trata de terreno raso o deforestado. No obstante, en la dehesa también puede haber zonas degradadas.

Nuestro grupo actuó en una zona de gran erosión de suelo, por tener una breve capa superficial sobre la roca madre. El suelo en la dehesa es frágil y tiene poco espesor, por lo que no sirve para la agricultura. Se llama erosión a la pérdida de tierra fértil, por la lluvia y por la falta de hojas que caen y que al descomponerse lo evitan,  una especie de círculo vicioso que lleva a la desertificación. Con la vegetación, por las raíces, se infiltra mejor la lluvia. Las zonas con más pendiente están más erosionadas.

La dehesa produce beneficios directos, en términos de renta producida por la ganadería extensiva, en carne, leche, lana, leña, setas, miel, caza y corcho. Y por otro lado, beneficios indirectos, más difíciles de cuantificar por dirigirse a la sociedad: biodiversidad en especies animales, matorral y pasto. Aquí flora y fauna se refuerzan mutuamente. También son beneficios indirectos la fijación de CO2, sobre todo con árboles como encina y alcornoque. No debe olvidarse tampoco el gran valor cultural y paisajistico de la dehesa.

La peoná terminó en la mesa, como era de esperar, y entre otras viandas, con un plato de lentejas que me supo a gloria.

Seamos agradecidos: los bosques de hoy son producto del pasado, y hoy son nuestra obligación moral para el futuro.