Este mediodía, tras el almuerzo, sobró comida: la mitad del gazpacho que llenaba la fuente blanca redonda, un trozo del pastel de pescada (merluza pequeña en Cádiz), que tanto gusta en casa, y media fiambrera de ensalada de garbanzos pedrosillanos que no fuimos capaces de apurarnos. Y también sobró arroz largo de las Marismas del Guadalquivir, cocido y aliñado. En resumen, restos de varias elaboraciones del día, en perfecto estado de revista o de consumo. No me gusta que me sobre comida, por cierto.

Total: tres envases de preparaciones frías, propias de estos días de calor, que se quedaron bailando en sus respectivos recipientes. Y lo cuento aquí porque tras acabar la sobremesa, lo que más me apetece siempre es recoger vajilla y cubiertos, doblar el mantel y poner el lavaplatos rápidamente. Y luego, cerrar un rato los ojos a modo de descanso. Pero no era el momento de relajarme, por lo que llaman seguridad alimentaria.

Cuando sobra comida todo se complica, y hay que actuar rápidamente. No se trata solo de devolver los restos a la nevera, sino de guardar estas elaboraciones caseras en recipientes más pequeños a su medida, minimizando el espacio sobrante, es decir, a lo justo, para prevenir posibles toxi infecciones.

La buena noticia es que entonces todo cabrá mejor dentro de la nevera, y que ésta quedará mucho más ligera.

Con esto, confirmo lo de que en la cocina no se acaba nunca el trabajo, y que la nevera necesita mucha atención: limpieza frecuente, control de la caducidad de los alimentos, aprovechamiento del espacio, correcta colocación de los mismos… en fin, siempre pendientes de ella.

Con lo difícil que es levantarse de la mesa y regresar de nuevo a la cocina…pero el frigorífico debería estar siempre en perfecto estado de revista, nos va la salud en ello.