La evolución ¿natural? de nuestro modo de vivir, acelerados tecnológicamente por la pandemia, nos está llevando desde hace tiempo a un modelo de servicios donde reina una especie de anonimato generalizado. A través de teléfono o internet formulamos quejas, hacemos compras y reservamos citas médicas o comerciales. Todo parece estar previsto.

Sin embargo, cuando algo falla en el proceso, el acto de la reclamación pone de manifiesto que nadie da la cara ni se hace responsable del posible fallo o defecto. Solo se facilita un número de teléfono para poner la demanda o la queja. De nuevo será una voz quien acogerá nuestras reclamaciones. 

También ocurre en los sistemas alimentarios. La investigadora Jennifer Clapp definió un proceso actual llamado “distanciamiento alimentario”, que tenía dos características. Por un lado, un distanciamiento físico, desde dónde se genera el alimento, la zona de producción, que cada vez está más alejada de los lugares donde se consume, (con el consiguiente gasto en transporte y el aumento de la contaminación. Pero también habla de un distanciamiento mental en cuanto a la desinformación del modo de producir el alimento para el consumidor, lo que se manifiesta en el modo de abastecerse en la actualidad, con respecto a otros tiempos pasados, influido también por el tamaño y complejidad de las grandes cadenas de distribución.  

Ya parece que no necesitamos el contacto con el vendedor, preguntarle su opinión sobre lo que vamos a comprar, aprovechar su experiencia para sacar el máximo partido a la compra. Todo ello parece pertenecer ya al pasado. Y los criterios de compra se simplifican en estética y precio. La palabra calidad no suele estar presente en las transacciones, y tampoco el término origen o temporada. Distanciamiento alimentario total.

Las marcas de productos alimentarios sustituyen el protagonismo de los alimentos. No hay más que ver la oferta de los distribuidores. Una gran pérdida cultural sin duda.

Tomo esta inquietud de un artículo de Héctor Barco, doctor por la Universidad de Deusto y gestor de proyectos sobre Desperdicio Alimentario en la ONGD Enraiza Derechos.

El distanciamiento alimentario es sin duda efecto de un proceso de migración del campo a la ciudad y de una industrialización del consumo.