Tenía que hablar en mi modesto espacio bloguero de las protestas agrarias, y ha sido a partir del artículo de Diario de Cádiz del pasado domingo, un reportaje de la periodista Pilar Vera titulado “Las razones del campo”.

Mucho han tardado los tractores en cortar las carreteras visto lo visto: que los agricultores son los únicos de la cadena agroalimentaria que no ganan dinero, muy al contrario, siendo los que ponen el sudor en la producción.

Siempre miro con desconfianza la asimetría de la distribución de frutas y hortalizas frescas: productos con etiquetas de dudoso origen, gran diferencia de precios, ofertas sospechosas, irregularidad en la calidad, existencia de productos envasados al que le has perdido el origen, etc.; el caso es que como consumidores nos da la sensación de que estamos perdiendo el vínculo con el campo, con la tierra, que ésta no tiene protagonismo alguno en nuestra cadena de alimentación, sino que más bien manda el sector de la distribución.

Y esto lo dice alguien como yo que no ha vivido en zonas rurales, que no entiende de los ciclos de temporada o de los riesgos del clima, o de la rentabilidad o pérdidas de las explotaciones. He necesitado muchos años para comprobar la importancia de lo que comemos, y de que solo el que lo produce llega a amarlo y valorarlo.

Apoyo totalmente las tractoradas que mantienen en pie de guerra a miles de agricultores en diferentes comarcas de España. Y es que tienen razón sin duda alguna, son los más débiles de la cadena.

Entre las causas del conflicto, se habla de muchos productores y pocos compradores (que deciden los precios por fuertes), o del efecto de los impuestos en las diferentes fases de la distribución, o de la política de presión de los supermercados…. Pero al final siempre pasa lo mismo, que los agricultores venden con pérdidas, véase los productores de leche. Ellos no piden subvenciones, sino precios para sus productos, que les permita vivir con dignidad.

Los riesgos climatológicos, la premura por los productos perecederos, la existencia de demasiados intermediarios, la presión de las grandes cadenas, o la dependencia de la distribución, la competencia desleal de los productos extranjeros, el reetiquetado falso, las políticas neoliberales radicales, y los problemas del olivar –cultivos intensivos en planicie frente a los de montaña-, aumento de la producción con bajada de precios, la mecanización, y algunas o muchas malas artes como el fraude en el aceite de oliva virgen extra o el efecto de las subvenciones europeas. Y el problema del tamaño de las pequeñas explotaciones, los pequeños productores, pero protestan todos.

La desestructuración social, la agroecología, el consumo de cercanía, la ganadería intensiva y los daños ambientales, las dificultades de la ganadería extensiva, y la rentabilidad del suelo. Demasiados factores, demasiados frentes. El campo es un sector primario que sin embargo mueve muchas palancas, muchos resortes y muchos núcleos económicos, llevando la peor parte. Y todos dependemos de él para sobrevivir.

Y mientras tanto, los consumidores -unos más que otros- preocupados por la salud, por la calidad y por considerar el valor del sector agrario, sueñan con devolver el equilibrio y la dignidad a este proceso tan complejo de producir, distribuir y vender alimentos que nos dan la vida.