untitledMi amiga Ildefonsa (profesional de nutrición, Nutrilsa, en Trebujena, Cádiz), me enseñó este término tan moderno, que antes no había escuchado. En la página Serie Científica Americana, se define como: “la suma de las influencias que el entorno, las oportunidades o las condiciones de vida tienen en la promoción de la obesidad de los individuos o de las poblaciones”. El ambiente obesogénico es aquel que nos facilita y nos induce –tanto por la alimentación como por la ausencia de ejercicio- al sobrepeso y a la obesidad. Vamos, que nos pone en bandeja esos kilos de más.

Esto me recuerda cuantas veces me ha cogido la hora de la merienda en la calle, momento en el que acostumbro a tomar el llamado «entrehoras», y he entrado entonces en un bar o cafetería. No era hora ni de almuerzo ni de cena, y no suelo tomar té o café pasadas las cuatro de la tarde, por el peligro de perder el sueño. Pero siempre he comprobado que estos sitios no tienen nada que ofrecer para una toma de alimento discreta y sana, más allá de pastelería industrial o embutidos. Total, que de merienda nada.

Y por poner otro ejemplo de las influencias que nos rodean, me refiero al movimiento Food Trucks, o también llamada comida sobre ruedas, precioso reportaje de hace pocos días en el Diario de Cádiz. Son la evolución de los carritos de helados, con unas caravanas-cocinas que ahora nos acercan otras propuestas con tintes gastronómicos, y no solo hamburguesas o perritos calientes, sino alta pastelería o embutidos de calidad. Sin duda una buena idea comercial, que busca ofrecer experiencias gastronómicas en plena calle, allá dónde nos encontremos. Pero, solo para gustar, no para alimentar al mismo tiempo.

Vivimos en una sociedad que solo busca la satisfacción instantánea, rápida. El yogur ya no se considera un lácteo beneficioso, sino que se le añaden frutas, sabores, cereales, etc., convirtiéndolo en un postre más a degustar, como si por sí mismo no fuera un placer de excelentes propiedades, y necesitara azúcares o sabores añadidos. Recordemos que hasta hace poco no se han retirado de los centros escolares las máquinas expendedoras de snacks y refrescos, con el riesgo que conlleva para la población infantil. Y para remate, las cadenas de televisión emiten a las horas de la comida publicidad de comida rápida.  Esto es lo que tenemos.

En fín, me gustaría encontrar en la calle propuestas de alimentos más saludables, de confianza y adaptados a gente que además de disfrutar, quiera cuidarse, lo que tampoco es tan difícil. Pero entre los aditivos, los procesados, los sucedáneos, los industriales y los azucarados, se hace difícil escapar de este ambiente obesogénico que nos acerca las comodidades, en lugar de impulsar el ejercicio físico y los buenos hábitos, y nos ofrece alimentos ricos en calorías pero vacíos en propiedades.

Ya sé que no tiene mucho glamour, pero propongo que la hostelería tenga siempre disponible un plato de verduras, o un vaso de gazpacho, un aliño, una macedonia de frutas, una ración de legumbres o una tapita de queso fresco, para ofrecer a cualquier momento del día. Todos saldríamos ganando.

La cocina protagoniza los espectáculos más mediáticos, pero fuera de casa no se adapta a los requerimientos de nuestra salud, que al fin y al cabo, es para lo que debe servir.

Y a veces no queda otro remedio que cocinar: come en casa.