En casa siempre tuve a muchos para comer, sobre todo en navidad, cuando aparecían mis hijos, sus parejas y mis nietos. Entonces yo ponía dos mesas juntas, sacaba los manteles bordados que tenía de mi madre y preparaba la vajilla inglesa. Muchos días antes ya lo tenía todo comprado: la carne, el pescado, la verdura, la fruta … las gambas y los vinos los traían ellos.

Esos días me metía temprano en la cocina, me organizaba yo sola, sin agobiarme, y no me costaba trabajo, pues la ilusión de ver junta a toda mi familia era mi mayor ilusión, eso me lo enseñaron mis padres. Procuraba que todos se sintieran bien, que comieran mucho, que contaran cosas mientras comían. Y así, tomaban en mi casa almuerzos y cenas. Eran los mejores años de mi vida.

Primero fue la soledad cuando enviudé y ya mi cabeza andaba un poco trastornada, fuera de lugar. Luego llegaron los olvidos, pequeños despistes de los que mi familia se reía y yo también, pero que al aumentar se hicieron preocupantes. Luego empecé a entrar en mi cocina sin reconocer nada de lo que había en ella. Quería preparar un arroz, un guiso cualquiera, un gazpacho, y las manos se me bloqueaban: mi memoria no me salía al encuentro, simplemente huía. Era algo muy raro.

¿Qué es un sofrito? ¿Cómo se hacen las judías verdes con tomate? ¿y los filetitos empanados?. No lo sé. La cocina no me dice nada. Tenía una gran biblioteca de cocina en mi cabeza, hecha plato a plato y nunca necesité un libro de recetas. Y ahora se ha borrado por completo. Por eso no quiero entrar más en la cocina, solo sentarme directamente a la mesa, donde alguien –cada dia distinto, por turnos- me sirve un primer plato y un segundo. Los sabores no me traen recuerdos, son nuevos. Pero dicen que tengo que comer mucho para estar fuerte.

Olvidar cómo cocinar fue la voz de alarma para mis hijos. Dicen que se llama Alzheimer. Ese señor es muy cruel, va a lo suyo, si lo mejor del mundo es cocinar para los demás. Ya no sirvo para nada y nadie se acordará de lo mucho que les guisé, ni de cuantas veces me levanté de la mesa para recoger platos o para hacerles café. Ya no sé cocinar.