Cuando leí hace muchos años Christmas Carol –en inglés por cierto- de Charles Dickens, me quedé sin enterarme de lo esencial. El mundo anglosajón habla de la Navidad solamente con adjetivos y superlativos, con evocaciones, con símbolos, pero nadie explica nada demasiado fuerte en la sociedad de la comunicación. Es más, incluso está mal visto hacerlo. El recordado escritor y periodista Felix Bayón –en una de sus columnas- hablaba de la Navidad como “el mayor efluvio de amor que nunca hubo en la humanidad”. Y creo que es cierto.
 
Hoy día, que ya está todo dicho o también todo oculto, se impone volver a practicar el sentido común de la gente. Se necesita urgentemente la sensatez del hombre para poder ser buenos, para ser útiles y justos. Algunos lo llaman asertividad.
 
¡Qué pena tener que cumplir cincuenta años para comprender muchas cosas!… incluso la cocina tiene otro significado en nuestra madurez. Sabores que hemos perdido tontamente, juicios injustos a algunos alimentos y falta de atención a aquellos productos que se estropeaban sin remedio. Lo mismo que en la vida misma.
 
Hoy la navidad nos recuerda que casi todo está por hacer, que la cocina de buena voluntad es minoritaria, elitista, limitada. Y que los privilegiados deben ser conscientes de que lo son. Los privilegios deben estar al servicio de los que no están en la lista.
 
Se repite la frase ¡felices fiestas! Y ¡feliz año nuevo!, evitando hablar del mayor fenómeno mediático de la historia: el nacimiento de un niño que sin nada lo trajo todo. El negrito nigeriano que vende pañuelos de papel en mi barrio sin embargo me dijo ¡feliz navidad!, sin recurrir a modos políticamente más correctos. Es el sentido común de la calle, sin privilegios, sin papeles, como aquel niño.
 
¡Feliz navidad a todos los que paséis por aquí!