Noviembre pasa rápidamente pero no puede engañarnos, es el mes de los difuntos. Y cada año cumplimos con el rito de visitar la tumba de nuestros padres, fallecidos a una edad madura, sin llegar a la ancianidad. Sí, este blog es de cocina, por eso quiero recordarles también por lo mucho que nos transmitieron sobre valores en la cocina.
Mi padre tenía la costumbre de llegar al trabajo una hora antes del horario oficial; decía que así se organizaba mejor. Fue gran cumplidor de sus tareas, llevándolas además con gran optimismo y vitalidad, que solo la enfermedad consiguió quitarle. Pero antes de dirigirse al trabajo mi padre nos preparaba los desayunos. Éramos cuatro y ninguno tomaba lo mismo: leche sola, leche manchada con café, cola-cao ó zumo de naranja. Todas esas comandas distintas preparaba papá, colocando cuidadosamente esos vasos sobre una bandeja, que hacía llegar a cada cama. También recuerdo sus broncas cariñosas cuando nos resistíamos a despertar. Nos recordaba –con sus malas pulgas acostumbradas que solo escondían entrega a su familia- que había que tomarse el desayuno rápido, que tenía que irse a trabajar. Pero nunca nos falló, nunca dejó de traernos el desayuno a la carta. ¡ay! También recuerdo las luces intermitentes del árbol de navidad en el salón en pleno invierno, alumbrando el camino con la bandeja. Papá era demasiado.
Y mamá, de un carácter más introvertido, a quien nunca le gustó estar en la cocina, siempre terminó con nota sus platos. Decía que esas cosas, aunque no nos gustaran, teníamos que hacerlas con cariño, como hacer las camas o preparar un guiso. Nunca olvidaré esas palabras. A veces nuestros padres tienen un momento de lucidez, de quietud espiritual, y olvidan las broncas minoristas y efímeras, las desilusiones, los juicios subjetivos sobre nosotros, y entonces, sacan una frase, una sentencia eterna, una opinión totalmente genial, digna de convertirse en cita de un libro, o de titular de un manifiesto: comer caliente, guiso hecho con cariño, siempre el fuego medio, nunca mucho ni poco, los ingredientes frescos, respetar las horas de las comidas, el vaso de leche antes de acostarse, hacer la compra con fundamento, poner la mesa con esmero… Sus dichos y sus consejos me acompañan en la cocina, a modo de escuela de base, de eterna referencia filosófica en el trabajo de cocinar para mi familia, aunque ella no vivió para probar ninguno de mis platos. Mamá siempre bordó las frases.

Y es que mi padre puso el producto y mi madre el libro de instrucciones.
Noviembre pasa demasiado rápido; y estos recuerdos quedaron detrás de una lápida, silenciados para siempre en apariencia, porque es cierto que las oigo cada día. Pero en noviembre sobre todo, a los dos se les recuerda con nombre y apellidos, y con mi tema favorito, Gymnopédie, de Eric Satie.
“Siempre habrá algo tras la muerte
La vida sigue lisa, unida
Y aun sin contar con otra vida
La vida en la vida revierte”
Gerardo Diego (de su libro Cementerio Civil);