Se está acostumbrando a la infancia a una pobre cultura gastronómica, limitada a la pasta, bocadillos prefabricados, refrescos y a todo aquello que supuestamente tenga buen sabor. Y la culpa es de los mayores, no lo olvidemos. Las multinacionales de la alimentación deben gastarse un dinerito en conseguir potenciar el sabor de sus productos elaborados, dotándoles de un sabor agradable, fuerte, en suma, artificial, para crear adicción al paladar. De tal modo que cuando nuestros niños, prueban comidas naturales, tienden a rechazar su sabor. Ahí, los defensores de la cocina tradicional, o “cocina por derecho”, estamos en absoluta desventaja.

No obstante, creo que para conseguir mejorar la imagen de verduras y frutas en niños y jóvenes, es necesario, además de la colaboración de los padres, implantar una auténtica campaña de imagen, llevándolos al campo, mostrándoles sus productos y explicándoles su importancia, imprescindible para contrarrestar la influencia nefasta de los hábitos alimenticios de los últimos años. Yo misma, soy una ignorante en temas del campo. En Cádiz, donde me crié, jamás tuve ocasión de ver un sembrado de lechugas, ni de pimientos, ni una tomatera. Hoy soy consciente de mi analfabetismo agrícola.
Y como caso ejemplar, la información que me envía nuestro bloguero y experto corresponsal gastronómico en el campo, desde Mula (Murcia), donde cultiva tomates, acelgas, pimientos, de una manera totalmente natural, así como toda clase de frutas, para su propio uso. Y otro factor muy positivo, es comprobar cómo su nieta, Yoli, está creciendo en esa cultura gracias a su abuelo, del que está recibiendo una información más que valiosa para el futuro. Dejad que los niños se acerquen al campo, miren, huelan y saboreen la naturaleza, que es la que está dispuesta a cuidarles durante toda su vida.