Mucho hablar de lo que comemos en casa, sin especificar dónde. Antes, era el comedor con la mesa alargada y muchas sillas en ella, lo que tenía su punto entrañable. 

Hoy, somos menos alrededor del mantel, y en el hogar el salón le sisa al comedor un trocito, tenemos unos horarios que van por libre y, para colmo, ya ni se habla ni se discute a la hora del almuerzo. Esto ya no es lo que era…

Paralelamente, la cocina se ha convertido en una pieza de veneración dentro de la casa. Siento envidia cochina con esas de diseño que ya tiene todo el mundo, con decoración suave y minimalista, materiales ligeros y funcionales, y muebles sin tiradores, ¡qué cosas!. Cocinas en las que no hay nada por medio, ningún cacharro ni plato ni vaso y solo algún robot en permanente estado de revista. Cocinas donde todo guarda una perfecta armonía en puertas, suelos y paredes. A este paso, nadie querrá cocinar en ellas, por miedo a ensuciarlas. 

Y cuento todo esto porque no me gusta comer en la cocina, aunque sí desayunar. A la hora del almuerzo, se pone la mesa, se llevan platos, cubiertos, servilletas, vasos, la bebida, el pan, la fruta, y comenzamos con el primer plato ya caliente desde la cocina. Si el segundo es frío, va directamente. De ese modo, yo, que soy la cocinera, me siento en la mesa y no me levanto hasta terminar. 

Comer fuera de la cocina me supone no percibir olores de guisos, ni participar del desorden inevitable previo al servicio de platos y cacharros que intervienen en las comidas en un hogar. En el salón me aislo y me olvido del trabajo del cocinado, y entonces me centro solo en degustar sabores y presentación de platos, como si los hubiera hecho otra persona. 

En fin, esto es cuestión de gustos y costumbres. Pero soy de comer en el salón.