Hace mucho escuché una sentencia que decía que para hacer una buena monja eran necesarios un mínimo de 18 años. Ignoro el porqué de ese plazo tan extenso, pero apuntaba –creo- a la dificultad de unir y armonizar vocación religiosa, perfil femenino y práctica de vida según creencias, todo eso en una larga vida de comunidad. Hoy sábado he conocido el fallecimiento de una de mis monjas favoritas y admiradas (en esta lista hay muy pocas), Sor Olegaria Martínez, mi primera profesora en la Institución G.F., y de la que conservo además su firma en uno de mis diplomas de fin de curso, el 2º de Primaria, cuando acababa de cumplir 7 años.
Chiclanera, sencilla, de buen carácter y amables opiniones, Sor Olegaria siempre tenía una frase agradable y resolutiva que ofrecer, porque era su propio encanto el que salía a la luz. Rosarito me llamaba, y hasta para reñir tenía arte y sentido del humor. Era su natural estilo, que nunca se estropeó ni enrareció por el hecho de llevar un hábito y gozar de una autoridad.
Entre otros, guardo un gran recuerdo de aquel año 1965, cuando se desbordó el río Iro de Chiclana, su tierra, y la acompañé junto a otras niñas en un enorme camión que salió de Cádiz lleno de ropa y comida, para asistir a los damnificados. No olvido aquellos momentos, en los que llevamos un poco de consuelo a familias que lo habían perdido todo.
También tengo presente su delicadeza cuando pedía para algún necesitado, como para una madre soltera, que demandaba ropita de bebé, en aquellos años 60 hipócritas y pacatos.
Ya en el último curso del Colegio, me coloqué meses antes de presentarme por libre a la reválida del Bachiller Superior. Años más tarde marché a Sevilla a seguir trabajando y cursar estudios superiores, y cuando regresé a Cádiz cual pródiga hija, supe que mi Colegio había cerrado y que sus monjas se repartieron por instituciones sociales o en pisos las muy mayores. Y que Sor Olegaria pidió residir y colaborar en el Comedor Social Virgen Poderosa. Hace casi 10 años fui a visitarla, compartí los cultos del sábado en su capilla, y me prestó un abanico para mitigar el calor de la mañana de agosto. Solía verla por las calles de Cádiz, llevando las hostias para consagrar en un pequeño estuche de su bolsillo.
Por su ocupación, conocía a todos los mendigos callejeros, y cuando pasaba junto a ellos, si llevaban el rótulo “Pido para comer”, se les acercaba y les increpaba advirtiéndoles que el dinero solicitado sería para otros otros menesteres, que ya la comida la tenían segura en el Comedor. Lógicamente, ningún pedigüeño le replicaba.
Estuve con ella varias veces en aquel Comedor, que me hizo recorrer, explicándome la labor que hacían con los usuarios ella, otras monjas, empleadas de la cocina y voluntarios. Conocí su cocina de ollas comunitarias y olí los guisos de papas que salían de allí. Daban almuerzos calientes y bocadillos para la cena a unas 200 personas diariamente. Y Sor Olegaria, nonagenaria, seguía trabajando para la sociedad, como siempre.
Nunca olvidó mi nombre ni mis apellidos, y cuando un día le presenté a mi marido le hizo mil cumplidos, decía que era un hombre bueno (no se equivocó). Fue cumpliendo años, y al llegar a los 96 se “quejaba” de que aún estaba en este mundo, que ya debería habérsela llevado el Señor…el sábado falleció pocos días antes de cumplir 100 años.
Humildad siempre, amabilidad y bondad naturales, se habrá ido en paz y con su eterna sonrisa. Nos deja la enseñanza de que es posible vivir pensando en positivo y tratando bien a la gente, es decir, con un cristianismo que haga felices a los que nos acompañan.
Desde luego ella no cumplió con la sentencia, fue buena monja desde el principio.
D.E.P.









