La inflación que tenemos encima, elevando los precios con rapidez,  está aumentando el riesgo de que los productos que compramos (envasados, por supuesto) sean sustituidos por otros más baratos por parte de la industria, con el propósito de no aumentar los precios de venta. De eso habla en un artículo la página Gastronomíaycía, , de la maniobra llamada “cheapflación” (cheap, barato, + inflación). Y es que nadie quiere ganar menos.

Al subir los costes de materias primas y energía, lo suyo sería encarecer precios, con la respuesta esperable de que disminuyan las ventas, pura ley de oferta y demanda del mercado. Así que lo de la “cheapflación” tiene mucho sentido. Una estrategia totalmente legal, con ciertas condiciones, pues hay que informar al consumidor, que por algo es el último de la cadena y solo puede responder comprando o no. El comprador –las familias sobre todo- están viendo reducir su poder adquisitivo.

El artículo citado también nombra el término reduflación, que es un modo de encarecer los productos sin que los consumidores se den cuenta, por ejemplo, poner menos cantidad en el envase manteniendo el precio.

Y en cuanto a la «cheapflación», se trata de sustituir aquellos ingredientes más caros (y por consecuencia de mayor calidad), por otros más baratos. De ese modo, la industria no ve mermados sus beneficios. Algo poco ético en principio pero que es perfectamente legal, siempre que se se indique en el etiquetado de modo claro y entendible, tal como fija el Reglamento (UE) número 1169/2011 del Parlamento Europeo.

Como ejemplos, podría ser el sustituir aove por aceite de girasol, o leche por grasa de origen vegetal, o el queso de la pizza por otro producto peor, etc. Y es que la etiqueta deberá llevar, como siempre, la lista de ingredientes, pero además una indicación clara del componente que ha sido sustituido total o parcialmente. Incluso se fija el tamaño de la letra y el lugar de colocación en el envase, junto a la denominación del producto.

Todo esto pone de manifiesto la necesidad de leer siempre las etiquetas de los alimentos (envasados, claro).

En nuestro caso, decir que son pocos los productos envasados que se compran en casa, más allá de legumbres o lácteos. Nuestra cocina se elabora a partir de mayoría de productos frescos. Lógicamente, hemos notado y mucho la gran subida experimentada por la compra periódica de frutas y verduras (alrededor de un 20% o más).

Coliflores, tomates, plátanos, ajos, calabacines, etc, son lo que son y su composición la da el campo y su peso la báscula; aunque también varía su calidad, calibre y origen.  Pero en cualquier caso, los productos frescos son los más expuestos a las subidas de precios. Y aquí, los compradores solo podemos decidir si comprar lo mismo que antes en cantidad o variedad.

 

FUENTE: GastronomíayCía.