Está un poco pálido, antes fue más amarillo, más fuerte. Ahora apenas se distingue el dibujo que tenía. Pero ni está roto ni deformado. Tan solo un par de “marras” sobresalen de su tejido. Un paño de cocina superviviente con casi 40 años en casa. ¡Y mira que ha currado el pobre!

Formaba parte de una colección de ocho: dos rojos, dos celestes, dos amarillos y dos verdes, todos de felpa. Alguno más queda por ahí, pero ya en unas condiciones penosas.  Y no sé cómo, pero este paño amarillo ha sobrevivido en un estado más que digno, a pesar de haber vivido intensamente.

Ha conocido tres cocinas distintas por cambio de decoración de muebles. Ha servido para secar platos, cubiertos, vasos y cacharros en un tiempo en el que no había lavavajillas. Ha recogido el agua derramada por la encimera. Ha servido como servilleta alguna que otra vez, y ha lucido colgado en la pared.

Siempre se lavó bien, a 40 grados, nunca con lejía, y siempre se planchó, y así se guardó en su cajón correspondiente.

Vivió nuestras penas y también nuestras alegrías, a través de nuestras conversaciones en la cocina. Ayudó en las tareas de alguna mudanza de piso. Contempló atento cómo un bebé aprendía a comer, y muy bien. Curiosamente el resto de sus compañeros se fue deteriorando pero él se conservó en modo más que aceptable.

Ahora descansa entre trabajo y trabajo (normalmente secar las manos en la cocina) con otros paños más jóvenes, sin complejos, como si no tuviera pasado.

Ya en otra ocasión -en 2009- entrevistamos a uno de sus colegas por su dedicación, en una exclusiva del blog. Pero hoy queremos homenajear los servicios prestados por este paño amarillo, prueba evidente de que cuidamos las cosas y de que las cosas se dejan cuidar por nosotros. 

Gracias!!