Este fin de semana hemos despedido con tristeza a nuestro frigorífico; de repente su congelador empezó a dar señales de alarma, y su display (¡qué palabro!): daba mensajes de peligro para los alimentos custodiados, mientras subían las temperaturas en Sevilla descaradamente.

No tuvimos otra opción que ponernos en modo compra de uno nuevo. Internet tardaba demasiado en la entrega y optamos por el sistema antiguo: comprarlo en una tienda solvente (no es la que imagináis, ésa nos dio algunos disgustos en el pasado); y en 48 horas estaba el nuevo frigorífico en casa, con aviso previo. Todo controlado.

El frigorífico saliente había llegado a casa en 2005, era de ancho especial y de color gris. Tenía una gran capacidad en nevera y en su congelador. A finales del pasado año pandémico le habíamos concedido el premio al personaje del año, por su heroica entrega en la tarea de conservar alimentos, sobre todo durante el confinamiento, en el que tuvimos que sobrecargarlo. Con sus años de vida y la sobrecarga asumida, dijo “Hasta aquí hemos llegao”, y se paró su frío y paciente corazón. Los transportistas del nuevo se lo llevaron sin miramientos por las escaleras, porque no cabía en el ascensor.

El nuevo es similar al cesante, solo que un poco más alto. Ahora su congelador se divide en dos cajoneras independientes, ayudando así a ahorrar energía. Una placa luminiscente lo atraviesa de arriba abajo, permitiendo ver con toda claridad lo que tenemos en su interior. Por lo demás, trae verdulero amplio y caja húmeda de tamaño suficiente. Como necesitó previamente cuatro horas sin conectar, fue necesaria la colaboración de:

El soso, provisional: es un congelador sin más, bajito, de formato vertical, con tres cajones pequeños en su interior. No sabemos ni su marca, pero en cuanto se enchufa se pone a congelar a tope. En la cocina no teníamos sitio, y lo colocamos en un rincón perdido de casa. Su intervención fue providencial, porque sin él nuestros congelados no habrían podido sobrevivir. Cubrió una urgencia de más de 50 horas, congelando chocos, gallos, guisantes, caldos de verduras, gambas y algunos filetes de atún.

En resumen: es ley de vida. Bajas y altas de titulares con contratos indefinidos y alguna contratación precaria y sin brillo, como la de este congelador, condenado a ser siempre suplente o secundario. Pero la verdad es que ya le hemos cogido cariño, a pesar de ser soso.