Cristal sustituye a plástico. Ése podría ser el titular. La foto corresponde a uno de mis muebles de cocina, el que contiene los recipientes de conservación (hay dos entrepaños más), pero éste ya ha conseguido llenarse de fiambreras de cristal, en detrimento de las de plástico. Hemos ido poco a poco completando la inversión.

Y es que el libro “Guía de la alimentación saludable” (Edit Planeta) que publicó la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria dejó muy claro en su capítulo 6, que “para calentar, almacenar o congelar alimentos, es mejor utilizar envases de vidrio”.

Y también indica que “en el refrigerador los alimentos deben guardarse en recipientes tapados, preferentemente de vidrio, para evitar traspaso de olores y contaminaciones cruzadas”.

Por ello, he ido dejando las fiambreras (atención que solo uso el término castellano para citar a estos cacharros) de plástico para otros usos como especias (que no tienen temperatura).

El cristal tiene dos grandes inconvenientes: su fragilidad y riesgo de rotura en su manipulación y transporte, y por otro lado su mayor peso, que hace más dificultoso su traslado. Sin embargo, tiene la gran ventaja de su limpieza y seguridad para contener alimentos. Así que hay que inclinarse por él.

En fin, puedo presumir y presumo de mis recipientes de cristal, de diferentes tamaños: de cuatro raciones, tres, dos y una y también alguno en formato vaso, e incluso en pequeña capacidad, para recoger las sobras, que siempre quedan algunas. Fiambreras que utilizo constantemente en mi cocina y me sirven para organizar alimentos y materias primas.