Logo-nuevoSalvando las distancias, desconfío tanto del discurso de los políticos como de la publicidad de alimentos de los supermercados. Me explico: las palabras de nuestros líderes partidistas están llenas de promesas incumplidas y de mensajes ambiguos, por no decir de mentiras. Los folletos y las estanterías de los lineales de los centros comerciales de la alimentación anuncian propiedades únicas y precios competitivos y ofertas, pero en realidad no están dando la información de lo que están vendiendo, sus debilidades, sus contraindicaciones y su mala composición. Prefiero comprar en otros sitios menos competitivos como tiendas de barrio o en los tradicionales mercados de abastos. Me quedo más tranquila.

También me da cierta grima contemplar esos reportajes hechos a los restaurantes galardonados con estrellas, con esos equipos de voluntariosos y disciplinados cocineros, en busca del plato perfecto, innovador, lleno de sensaciones y que busca sorprender al comensal, que, para eso, paga una pasta. Supongo que la materia prima que llega a estos exquisitos establecimientos se comprará en sitios muy selectos, para no desentonar con el resultado final de las recetas. Lo que se desprende de estos restaurantes de alta cocina es un mundo idílico, la alta nobleza de la alimentación, los artistas de los fogones, el espectáculo de la gastronomía en el Olimpo.

Pero más grima me da todavía, lo que veo en mis raras visitas a los supermercados de a diario. Unos porque apenas tienen las primeras marcas conocidas, y dan prioridad a las suyas. Otros porque anuncian carteles con grandes descuentos que te hacen desconfiar de lo que te están vendiendo, en cuanto a una mínima calidad. Y algunos más porque tienen pocas marcas nacionales y exigua variedad de productos de calidad reconocidos (aceite de oliva virgen extra, jamón ibérico, queso sin mezcla, etc.). No se atreven a incluir alimentos de cierto nivel de precios.

Y por no hablar de esas estanterías llenas de alimentos de dietas especiales o para deportistas, cuyo contenido soy incapaz de descifrar, seré muy torpe.

Reconozco que sufro al recorrer los pasillos de estas grandes tiendas de la alimentación, donde a mi entender se salvan pocos artículos que sirvan para nutrir, porque abundan demasiado los refrescos, los precocinados, la bollería industrial, los lácteos enriquecidos artificialmente, las patatas fritas y el pan mal hecho y barato…. Y cosas por el estilo. Quieren que compremos mucho, barato y rápido.

Resumiendo, solo se hacen visibles la alta gastronomía, al alcance de unos pocos, y la oferta vulgar de los supermercados, que parece querer igualar a toda la población a la hora de comprar, con el gancho del bajo precio. Y digo yo ¿dónde está la alimentación media?, ¿esa que compra calidad fresca a buen precio, y ofrece variedad en la mesa?…. ¿O esa que cuenta con los productos llegados del entorno más próximo?….. ¿ésa que lleva la dignidad al plato?.

En fin, son reflexiones de principios de semana, ahora que estamos asistiendo a un cambio político en las ciudades. La clase media ha estado moviendo la economía y la calidad de vida antes de la crisis, en ella estábamos muchos y entraban aún más con facilidad; y sabemos que han ido a por ella, porque no interesa que vuelva al protagonismo de hace unos años. Ahora solo quedan los extremos.

Yo, personalmente, no quiero ni la alta cocina de los chefs mediáticos, ni la cocina de las ofertas de las multinacionales poderosas. Ambas me caen mal y me parece que no servirán para revalorizar lo que comemos en esencia, ni para ofrecer una mínima dignidad a unos alimentos que deben darnos salud ante todo, fuera de toda manipulación. Y eso no vende.