Éste es uno de los libros de cuentas de mamá. Siempre tuvo uno dónde apuntar los gastos corrientes del mes. Eran tiempos en los que nada se pagaba por el banco, todo en persona, a domicilio o en la oficina del proveedor. La libreta la rescaté cuando ella murió y la guardo junto a otros recuerdos. En noviembre de 1995 eran ya pocos los conceptos que apuntaba en ella, pues su mano apenas tenía fuerzas. Y el 9 de enero de 1996, el libro se quedó huérfano definitivamente. Eso sí, no dejó una sola deuda pendiente, me consta.

El alquiler del piso (barato por ser del Ayuntamiento), la factura de luz (estimada), el recibo del Ocaso (primordial según mamá), la bombona de butano (antes de agotarse), los gastos de farmacia y algún pago mensual en tiendas de ropa de confianza….y el resto, para comer.

Tiempos en los que se vivía con pocos titulares. La vida era difícil de asumir, pero sencilla de plantear. Y el tener las cuentas al día era sinónimo de decencia, sensatez y buena organización doméstica.

Mamá llevaba el presupuesto de casa, anotaba la previsión de gastos con su letra picuda que nunca tuvo una falta de ortografía. Escribía lento pero perfecto. Pienso en el afán que tenía por cuadrar las cuentas de cada mes. Pocas cosas tenían periodicidad superior, tal vez algunas pequeñas compras a plazo, que no necesitaban avales ni garantías, sino solamente la palabra. Eran otras contabilidades.

Pero esto no debería haber cambiado tanto. En teoría, el que cuadra los números vive tranquilo y duerme más tranquilo todavía. Solo era preciso tener un trabajo del que cobrar mensualmente.  

Algunos han cuadrado las cuentas mal y tarde, jugando con unos ingresos que ni siquiera eran suyos. Los libros no aparecen, los proveedores están malheridos y asfixiados…pero eso a los morosos no les ha quitado el sueño.

En casa el libro de cuentas de mamá era sagrado, porque siempre decía la verdad. Mes a mes, era el símbolo de nuestra tranquilidad, y no era necesario preguntar por ningún pago. Ella respondía de todos.