No tengo demasiado apego a las celebraciones de cumpleaños. Concretamente el mío solo me influye en que dos meses antes ya tengo asumido que cuento con un año más, y me hago a la idea. El mejor regalo para mí es que alguien, o algunos, se acuerden de él y me feliciten. Eso de verdad que me encanta. Así fue ayer, donde me llegaron numerosas felicitaciones por Facebook. Pero quería hablar de la jornada en clave gastronómica, porque no me salvé de la cocina al menos al mediodía.  Lo cuento, porque en cocina no tengo secretos con el blog.

El almuerzo tenía como plato principal un arroz con marisco. No obstante, la gran novedad fue que aproveché un pisto de verduras –cebolla, tomate, pimiento verde, berenjena, calabacín- que estaba un poco olvidado en su fiambrera, en un rincón del frigorífico. El fondo de arroz no obstante, llevó primero dos buenos puerros pochados, a los que se le unió este pisto, y enseguida vino un choco de un kilo en limpio, que troceé para seguir salteando, con diez minutos para que se evaporara el vino blanco Arroyuelo, que uso habitualmente para guisar. Mientras tanto, el caldo de pescado se iba haciendo con espina de pescadilla, tronquitos de perejil, una cebolla y las cabezas de los langostinos de Sanlúcar –discretos en tamaño pero riquísimos, que tenía yo congelados-.

Dejé este fondo una media hora, tal vez algo más, hasta añadir el arroz de modo protocolario. Luego un vaso de agua lleno de arroz, salteándolo bien sobre el sofrito, para ponerle enseguida el caldo a razón de dos veces y media la medida de arroz. La sal era también obligada, y dejé que se hiciera todo los veinte minutos de rigor, bajando un poco a la mitad del tiempo. Y solo quedaba que tres minutos antes de apartarlo, se colocaran sobre la superficie del arroz los langostinos pelados que tenía reservados. Ahí tenéis la foto que responde al sabor rico que nos ofreció. No sobró nada por cierto. Y éramos seis personas, pero es que mi hijo y su novia repitieron.

Y otra pequeña novedad fue el estreno del cuchador, híbrido de tenedor y cuchara, supongo que creado especialmente para tomar los arroces, y que me había regalado mi hermana pequeña. Los venden en grandes superficies y tienen un diseño muy clásico para que puedan combinarse con el resto de los cubiertos habituales de aluminio. Una pamplina, pero original por lo menos.

Y por otro lado, comentar esta macedonia de frutas que preparó mi cuñada. Lleva un buen trozo de sandía (tenía 7 kilos, que la pesamos en casa, y le pusimos por nombre Mari Loli), una manzana verde, dos melocotones de Calanda, un kiwi, zumo de dos naranjas y una tajadita de melón. Estaba riquísima, la verdad, sin azúcar, pues no la necesitaba.

Y me olvidaba del entrante, que consistía en un tomatito de Conil, troceado y aliñado con unas excelentes anchoas del Cantábrico y unas aceitunas rellenas.

El calor no permite comidas pesadas ni copiosas. Como todos salieron contentos del almuerzo, pues yo también lo estuve.

La cocina de cada día es una pequeña conquista, un pequeño reto, en el que tenemos que poner toda nuestra atención, cariño y dedicación. La recompensa, la sonrisa en la cara de los demás, y que después a nadie le duela el estómago.