El sábado pasado pusimos el coche mirando pá Rota. Cogimos bufandas, dos cámaras fotográficas por si acaso y los CDs con éxitos de los 70 que dejaron los Reyes. Un Rayo de Sol, el Vals de las Mariposas o Mammie Blue fueron la banda sonora del viaje. El mantenimiento de la memoria tortillológica obliga a no espaciar demasiado las clases magistrales. Esta vez elegimos el bar El Torito en Rota, situado en pleno centro, muy cerca del Castillo de Luna, y aula número 3 de esta Licenciatura de Tortillología que se vislumbra como uno de los estudios tapatológicos más influyentes del siglo XXI. Habrá sin duda un antes y un después en la fusión de papas y huevos, al nacer una nueva entidad llamada tortilla y sin costarle un solo euro al Estado, que eso tiene mérito.

El Torito es un establecimiento muy agradable en su decoración, cuidado, actual, super ordenado, tranquilo, situado en un callejón peatonal. Sus clientes son gente silenciosa, apacible y estilosa. Da gusto sentarse allí, por la luz que tiene la ciudad y el olor a mar que llega con libertad y delicadeza. De repente allí encuentra uno algo especial, se siente turista y roteño al mismo tiempo. El local –desde su apertura en 1995- conserva los muros originales de lo que fue en tiempos una cuadra.

Abducidos como estábamos por el ambiente, tocaba preguntar por la tortilla, la misión posible que nos había llevado a El Torito. La tortilla no estaba pero se le esperaba en unos veinte minutos. No obstante, fueron a buscarla antes de lo previsto. ¡qué espectáculo ver llegar las tortillas en dos canastos de esparto, tapados con limpios paños de cocina y dejando el olor en la calle!. Venían directamente de la cocinera, la madre de Manolo Barba.

A los pocos instantes teníamos en la mesa los platitos con las tortillas cuidadosamente troceadas, levemente doraditas, bien formadas junto a una bolita de arranque roteño. ¡vaya cosa emocionante!. El mojo picón, marido que da apellido a esta tortilla de El Torito, se sirve en un pequeño cuenco para mojar. Reconozco que estaba genial, pero es muy picante para mí. Por eso, me centré en el arranque, al cual me enganché y repetí. La tortilla, sabrosa, recién hecha, muy jugosa por dentro, muy apetecible, muy rica en resumen.

Tras la degustación oficial, pedimos otra ronda de tapas, de las que yo elegí “ropa vieja”, hecha a la manera tradicional, con carne de puchero y garbanzos, patatitas fritas pequeñas, y un poco de vino blanco de la tierra. Me gustó, pero el arranque fue mi tapa inolvidable, porque estaba en su mejor punto.

En suma, una de las aulas más agradables de la tortillología. El servicio, atento, eficaz, preocupado por la imagen del local y por las formas. Una tortilla con sabor a Rota, su color, su olor y su encanto. O sea, que es posible comerse una tortilla con romanticismo. Esta faceta no la teníamos prevista. Y volví a tararear el Vals de las mariposas mientras nos estampaban un sello más en la cartilla ….