Muy temprano cruzaron los 500 metros que separan su mundo infernal de la autovía civilizada, para subir al autobús que les esperaba, donde el educador Jorge Morillo pasó lista: son cuarenta y uno en total, familias enteras de la Sevilla chabolista que hoy podrán sumergirse en el mar de Cádiz.
Autobús averiado, la mecánica tampoco está de su parte. Hay que esperar otro, pasar más calor y perder dos horas de veraneo. A lo lejos, sus chabolas, indignas, con perros sueltos, ratas escondidas y basura insolente. Tal vez al volver de la excursión no las encuentren en pie, porque ya las autoridades están amenazando….difícil arreglo.
Llega otro autocar y éste funciona. Vaya, vaya, hoy hay playa, algunos no conocen el mar. Ya sentados, controlados, van contentos. Jorge les pone una película, sortea regalitos, hay guasa en los premiados. Pero vamos camino de Cádiz, hoy olvidaremos el calor de Sevilla y la vida al límite de estos meses.
La Concejala de Familia les espera en la puerta del Ayuntamiento gaditano, donde hasta los policías locales sonríen. Agrupémonos todos en la recepción final, al Salón de Plenos de cabeza. Un gitano alegre sin camiseta, “¡ponte alguna hombre!”, pues nada, de esta guisa se coloca el muchacho en la primera fila de butacas del vetusto salón capitular. El hombre feliz del cuento no tenía camisa…

La alcaldesa de Cádiz, negocia con su agenda y el retraso en llegar del grupo sevillano, y acude a recibirlos. Gracias Teo, ha regalado una tarta de la pastelería “La Gloria” por los 25 años de vida de la ONG más pequeña del mundo, “Educar en la Calle”, que trabaja con estos colectivos marginales. Con la regidora, los chabolistas hablan de sus desgracias, de cómo tuvieron que dejar sus casas, sus camas y sus cacerolas al salir huyendo de una venganza anunciada por la ley calé. ¿Quién arregla esto?… El Betis jugará esta temporada con el Cádiz.
La playa espera. Cajas de cartón con bocadillos de queso, carne mechá y jamón cocido, patatas fritas y latas de refrescos. Reparto por familia, y no sobra nada, aunque faltan bañadores para los niños. Empiezan a clavarse sombrillas en la arena. Jorge, educador de calle con 25 años de experiencia, ha organizado nueve excursiones para que familias como éstas puedan disfrutar de un solo día de veraneo al año, gracias a la colaboración económica de la Caja de Ahorros Cajasol.


Carmen, (hoy es su santo), guapa dependienta de una freiduría identifica a Jorge, lo vio en el programa “Callejeros” y lo admira. Y eso es prueba de que en la vida no está todo el pescao vendío, sino que queda magia por comercializar. Jorge Morillo y Educar en la Calle es una marca universal, la de los marginados.

Le pregunto a Aurora, una de las madres gitanas, qué prepara para comer en aquel solar inmundo donde ahora viven su destierro diario: ella me responde con naturalidad: potajes, mucho cuchareo. Ollas que hierven a la intemperie, como pueden. Son buenas personas. De sus casas tapiadas también les robaron. Solo tienen lo puesto. Asco de mundo salvaje y sin escrúpulos, donde la fuerza sustituye a la razón.

A las cinco y media cierre de sombrillas y recogida del campamento playero. Los niños no han salido del agua gaditana, de orilla larga y espumosa. Terminó su veraneo. De vuelta a su “ciudad”, ha habido suerte y siguen allí sus casas. Jorge Morillo ha repartido con habilidad una tarta entre cuarenta y una personas. La tarta de la igualdad aún no se ha compartido con ellos.