Nunca fui fumadora, a pesar de que en otros tiempos este vicio estuvo muy de moda. Pero es que mis padres nunca me lo prohibieron expresamente cuando vivía con ellos, es decir, demostraron indiferencia, dejándome libertad para decidir si debía fumar o no.

Buscando correspondencia para poder enrollarme en las cosas del comer, ya he encontrado un argumento. Y es el siguiente: no es bueno estigmatizar aquellos productos alimenticios más o menos contrarios a una dieta saludable, pero tampoco deben convertirse en objeto de alabanza gratuita. Por eso creo que esos alimentos deberíamos consumirlos como excepción y no por costumbre: platos precocinados, comida rápida, pastelería industrial….etc o el mismo alcohol.
Actualmente, con un poco de interés, es fácil obtener información de lo que comemos, y de lo que es bueno, regular o malo del todo. Pero a los de este último grupo, -sin ser totalmente inocentes- no se les debería atribuir todos los males de la salud humana. Al fin y al cabo, la mayoría somos libres y mayorcitos para saber cómo debemos alimentarnos. La salud es competencia nuestra, al menos en teoría.
Más de una vez me han servido algún alimento de mala calidad o con ingredientes nocivos. Sin embargo, la educación y el respeto por quien me lo ofreció me hizo consumirlo con agrado. El domingo sin ir más lejos, en un chiringuito playero una ración de frito variado bastante chamuscado (no el de la foto), me molestó a la vista. Sin embargo, estaba pasable de sabor y junto a la cerveza y la conversación tenían su punto en aquel momento.
Conocer cuales son los productos o elaboraciones poco saludables son prueba de una mentalidad gastronómica abierta. No podemos alimentarnos entre algodones, en la vida hay de todo y hay que saber llevarla.
Y confieso que nunca fumé porque jamás conseguí aprender a hacerlo, ésa es la verdad, por mucho que presuma de vida sana; pero si no fumáis, mejor.