Hacer la compra un sábado en Cádiz puede ser toda una experiencia. Sobre todo porque esta tarea imprescindible lleva aparejado volver a casa no solo con las bolsas del pescado, fruta y verduras, sino con toda clase de información, de datos, normalmente relacionados con lo que uno quiere saber, aunque a veces no tiene por qué. Ahora lo cuento.
Salgo temprano de casa pertrechada de un marujil carrito de compra, lo que me permite poder andar con soltura con el peso de los productos. En la pescadería de Paco Pepe y en la Fernando, hay de todo, el atún está en su mejor momento. Me encuentro con algunas caras conocidas, clientes habituales del puesto y, además de comentar recetas interesantes de pescado, acabamos hablando de producciones de ópera, de flamenco y de literatura.

En la frutería también da gusto ver la mercancía: las frutas y verduras expuestas son todas de la provincia. Concretamente, me llaman la atención las berenjenas por su intenso brillo, lo que da idea de su calidad y frescura. Compro entre otras cosas damascos (albaricoques), también gaditanos ellos, concretamente de Chipiona.

De allí me dirijo a la tienda de productos ecológicos La Huerta de San Miguel, y ya en la calle del mismo nombre donde está situado el establecimiento, decido fotografiar la estatua de San Miguel vencedor colocada en la hornacina de la confluencia con la calle Sacramento. Mientras hago la foto, un viandante espontáneo, pasa y me cuenta la historia –sin yo preguntarle- de la victoria del arcángel sobre este diablo, cuyo nombre también se sabía. Enseguida llego a La Huerta de San Miguel, y me traigo cebollas, tofu y castañas peladas.
 
Termino el periplo gaditano en Miña Terra, clásica tienda de delicatessen con productos tradicionales situada en la calle Cristóbal Colón, frente a la Casa de las Cadenas (Archivo Histórico Provincial). Allí –entre otras cosas- compro unas habichuelas de color verde, de pequeño tamaño, ideales para guisarlas con mariscos (gambas, buey de mar, etc.). Ya haré alguna receta con esta legumbre tan especial. El caso es que allí me veo obligada a hacer de guía turístico a dos señoras que visitaban Cádiz con un grupo procedente de Santiago de Compostela, y que venían a comprar jamón de bellota. Y en el autobús de vuelta a casa, gente con camiseta del Cádiz CF. Hoy Cádiz iba de amarillo.
Conclusión, comprar en Cádiz pude ser una mezcla de turismo y calidad gastronómica; pero es sin duda un auténtico tesoro de comunicación para cualquiera con una cierta curiosidad por saber.