Es un honor para Comeencasa hablar aquí de mi bisabuelo materno, de profesión Jefe de cocina. Lucas Andrés Gómez, nacido en Sevilla, se casó, estimo que allá por 1888, con mi bisabuela, Adelaida Wagener Laffitte. Parece ser que ésta última pertenecía a una familia de mayor rango y que Lucas al principio no fue muy aceptado por la otra. De hecho, mi bisabuela tuvo que cambiar el uso del sombrero por la mantilla, más propio de las clases medias.

Lucas y Adelaida tuvieron dos hijas: Carmen y Joaquina. La primera de ellas fue mi abuela, a la que conocí, y que murió cuando yo tenía 11 años. Sé que nació en agosto de 1890, estudió la carrera de piano y poseía una cierta cultura, lo que demostraba con una exquisita y animada conversación. Su hermana, Joaquina fue siempre la cara opuesta en cuanto a su carácter, triste y cerrado.

Pero volviendo a la profesión de mi bisabuelo, me contaron que éste entró a trabajar de cocinero en la casa de los marqueses de Angulo, que por lo visto vivían en el gaditano Paseo de Canalejas a finales del siglo XIX. Estos aristócratas acostumbraban a viajar con cierta frecuencia. Encontré una referencia en internet sobre que el artista Antonio Accame les había pintado un cuadro. Pero la verdad es que estas referencias no están debidamente contrastadas. Es cuestión de ponerse a investigar en cuanto se pueda.
Lo cierto es que mi bisabuela Adelaida, que también había tenido una excelente educación, hacía buenas migas con la marquesa, y además solía hacerle lo que entonces se llamaban “primores”, como los encajes de las blusas que acompañaban a las faldas largas de principios del siglo XX. Está claro que las hijas de mis bisabuelos, Carmen y Joaquina eran casi parte de la familia de los marqueses de Angulo. Carmen, mi abuela, refería como salía diariamente su padre, Lucas, a comprar al mercado de abastos, acompañado del pinche.
Y, mi madre me contó una anécdota relacionada con nuestro cocinero: durante un viaje a América –por mar por supuesto y supongo que con los marqueses, pues siempre llevaban a su chef-, Lucas escuchó cantar a los trabajadores (o esclavos) negros que viajaban en la bodega del barco, situada lógicamente en la parte más baja del mismo. Y él, que viajaba seguramente en segunda clase, decidió bajar a cantar con ellos, compartiendo el inmundo habitáculo donde se alojaban estos hombres. Por lo que se cuenta, mi bisabuelo fue siempre muy alegre, y acostumbraba a contar “chascarrillos”, como se llamaban los chistes en aquel tiempo, a veces con la reprimenda de su mujer, que los consideraba algo subidos de tono para contarlos delante de las niñas. Parece ser que tuvo una hija de soltero, pero eso aún no lo hemos probado.
Son cosas que nos cuentan nuestros mayores, o mejor dicho, las mujeres de la familia, que son las que se preocupan por transmitir todas estas cosas. No hemos vuelto a saber nada de los marqueses. Mi abuela, Carmen, tuvo que ponerse a trabajar en una oficina de seguros, entre los años 1915-1920, posiblemente porque su padre no tuvo una vejez cubierta y sufrirían ciertos problemas económicos. Su último domicilio, cuando se casó a los 34 años, fue en la calle Torre, del barrio gaditano del Mentidero.
Pero sí es cierto, que mi abuela Carmen aprendió de él todo sobre el mundo de la cocina: pescados, frutas, verduras…. dado el gran conocimiento que siempre demostró sobre calidades, variedades u orígenes de los productos. Aún recuerdo el cutis tan aterciopelado que tenía cuando murió (a los 76 años), y que mi madre –su hija-, achacaba a lo bien que se había alimentado de joven. Puede ser, porque somos lo que comemos, y en casa de mis bisabuelos la cocina lo fue todo.