Dos son las fechas que me han ido moviendo a escribir estos modestos artículos a lo largo de varios años: el 31 de octubre –Día Universal del Ahorro- y el 5 de agosto –fecha de nacimiento de El Monte Caja de Ahorros de Sevilla, en el año1842, que fue luego Cajasol-. En esta entidad pasé 31 años de mi larga vida laboral. Y digo larga porque hoy se hace difícil acumular 40 años como los que pasé trabajando y por lo que me considero afortunada.

La imagen que acompaño es de uno de los locales que acogió una oficina cualquiera de El Monte (o Cajasol). Hoy cerrado, sin proyecto de uso por el momento, vacío, olvidado e incluido en una oferta de inmuebles por alquilar o vender desde 2012 más o menos. Pero yo miro la fachada desahuciada, e imagino enseguida su interior de otros tiempos: su pequeño patio de operaciones, su mostrador, su búnker (que luego fue desapareciendo por modernización), su cajero automático siempre de guardia, los ordenadores encendidos y los dispensadores de efectivo. Y varios empleados trabajando con alegría y atendiendo a los clientes, nuestro mayor tesoro. 

Pero este local hoy triste y sin vocación no era sino uno de los periféricos de toda una gran empresa. Un estilo de negocio, de atención, de servicio, todo ello mezclado, cuyo resultado era una respuesta de confianza del cliente hacia el empleado, y más concretamente hacia el director. Captar pasivo, retribuirlo y prestarlo eran sus operaciones más básicas, junto a una oferta de servicios hechos a medida.

Con todo esto, el negocio funcionaba, y además, su vertiente benéfico social –como se llamaba entonces- era posible, ya que las cajas de ahorros no tenían accionistas. Solo rendían cuentas al fisco, a los impositores y al Banco de España como inspector supremo.

Un buen modelo, un estilo justo y transparente para empleados, clientes y entidades ciudadanas. Algo que hoy parece ridículo o anacrónico, porque eso no vende. Pero por ambiciones y politiqueos internos y externos se acabó este formato equilibrado y cercano, con un sistema equitativo en las retribuciones de los trabajadores. Ahora los sucesores financieros te hablan desde su distancia ideológica, desde su mundo, y para disimular su falta de empatía te invitan desde el escaparate a un café. Yo no quiero un café industrial, quiero una entidad que resuelva mis necesidades.

Otros tiempos, otros valores, otras consignas, y unas reglas que recordaban a diario lo que estaba bien y lo que estaba mal. Por eso nunca olvidaré a mi caja de ahorros.

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