Hasta que desaparecieron casi todas a partir de 2012, los empleados de las cajas de ahorros celebrábamos el 31 de octubre el Día Universal del Ahorro. Eso quiere decir que también se celebraba fuera de España, sobre todo en diversos países de Europa. El ahorro de particulares y empresas fue la base de la economía y del desarrollo durante muchos años.

Hoy ya no trabajo, y tampoco saldré dos horas antes como cuando era festivo para comer con mis compañeros y estrenar la ropa de otoño. Ya no hay cajas de ahorros en casi ningún sitio, nadie habla de ellas, los bancos (primos lejanos de las cajas pero a su aire) trabajan con otra filosofía.

Ya pocos clientes antiguos recordarán que hubo un tiempo en que en su oficina se le retenían los cargos pendientes de la luz o el agua por falta de saldo, hasta que llegara el abono de la nómina, y sin cobrarles un solo duro por intereses de descubierto.

Y tampoco recordarán que recibieron consejos honestos del director de su oficina, sobre cómo colocar su dinero o sobre qué tipo de préstamo le convenía pedir en caso de necesidad, porque se miraba siempre por el bienestar del cliente.

Y posiblemente muchas entidades sociales olvidarán las donaciones que recibieron durante muchos años para cumplir sus objetivos, y también muchos artistas se beneficiaron del mecenazgo de las cajas, o notables elementos del patrimonio histórico pudieron ser restaurados.

A mí se me llena la boca cada vez que hablo de las cajas de ahorros; una filosofía de empresa caracterizada por el equilibrio retributivo entre sus empleados, su compromiso social e institucional y por el apoyo a los sectores productivos y privados con su política crediticia.

Y como empresa, nos dignificó a todos y nos permitió creer en la transparencia, en la ética y en la justicia social, porque no tenía accionistas.

No deberíamos olvidarlo.