Creció con la rebeldía de la juventud –seguramente más que la que le correspondía por su generación, la de los años 20- y su respuesta siempre fue trabajar, resolver, organizar, pero a su aire. Caminaba por la calle con sus altos tacones y su melena de Gilda y el suelo temblaba, y los hombres se volvían a mirarla. Ella conocía su poderío y le plantaba cara a algún que otro novio dominante de los años 50. Tenía un gran sentido del humor y ponía mote a todo el mundo. Alguna vez me contó que se resistía a que llegara la noche, porque quería seguir viviendo el día.

No encontró respuesta a su perfil romántico y sentimental, solo a través del mercado de segunda mano del amor. Murió pronto su padre y tuvo que dejar el colegio elitista en el que estaba, dónde jugaba al tenis y comía con cubiertos de plata, para volver a casa cuando las cartillas de racionamiento y las plagas de chinches en las camas.

Y se marchó a Madrid, trabajó de algo parecido a ama de llaves y niñera, y cumplió su sueño de llevar ropa elegante y lucir collares de perlas auténticas. Los comercios y las joyerías siempre se fiaron de ella. Aprendió a cocinar de las familias de la alta sociedad madrileña los platos más chulos, incluyendo coctelería. Tuvo tal vez la primera thermomix de España.

Pasó el tiempo, décadas, y ya jubilada recabó en su casa de la costa. Yo le ayudaba por entonces a mantener la ropa de sus armarios. Pero me entristeció comprobar que habían desaparecido su perfume caro de siempre, su barra de labios Chanel, sus gafas de sol Christian Dior se habían roto y hablaba con las vecinas viejas como una más. Me pareció que había perdido visión y que sus pensamientos se habían quedado muchos años atrás. Así supe que le quedaba poco tiempo de vida.

Me enseñó el ritmo femenino del optimismo, el buen humor, la importancia de la decoración y a encajar la soledad. Y me enseñó que hay que ayudar en los desavíos a la gente.

Me dejó en herencia lo de ponerle motes a la gente, eso sí, con respeto.