Tengo una amiga con una hija de año y medio a la que acaba de cambiar de guardería hace tres semanas, buscando la mayor cercanía a su trabajo, cosa muy lógica. 

Resulta que desde el traslado de centro la pequeña ha cambiado su comportamiento ante la comida en casa: es decir, ahora come peor y rechaza algunos alimentos que antes le encantaban. También -según sus cuidadoras en la guardería-, allí tampoco admite la comida del comedor, sobre todo la sólida. Por cierto, la anterior guardería era privada, con cocina propia, y la segunda es concertada, con subvenciones según nivel de renta familiar, pero con servicio de catering contratado en comedor.

Mi amiga me ha enseñado los menús semanales de la guardería. Todos llevan primer y segundo plato; el primero de ellos es siempre un puré o crema de verduras que suele incluir arroz o legumbres, todo molido. Y luego su postre.

La información que recibe esta madre al recoger a su hija en el centro escolar la desanima. Y como en casa ha cambiado también su comportamiento, pues más preocupación todavía.

Viendo el menú escolar detallado, me llama la atención el pescado que en él se incluye al menos dos veces en semana: se llama “limanda”, del que nunca he oído hablar, y que por lo visto es una especie de lenguado, no de origen nacional, fácil de empanar y freir y sin espinas. El pescado está siempre recomendado en cualquier dieta equilibrada y saludable, pero éste en concreto no nos da mucha confianza.

Estamos hablando de niños muy pequeños, menores de tres años, que están aprendiendo a comer sólido, que se acercan a este menú de lunes a viernes, elaborado por un catering profesional, en lugar del clásico cocinero que compraba en las tiendas de barrio y que guisaba diariamente, con su correspondiente equipo.

He leído que varias asociaciones de padres, en colegios y guarderías públicos, han salido a protestar pidiendo volver a la cocina propia, no a la subcontratada, que, en formato profesional sin duda, y con todas las garantías de seguridad, adolece de falta de sabor en los alimentos, cosa normal en estos casos. Y tal vez ésa ha sido la causa del cambio de comportamiento de la niña.

Tuve la suerte de contar –cuando mi hijo estaba en guardería- con un servicio de cocina propio, adaptado a las necesidades de los niños, pero eso es cada vez más raro. No obstante, no hay que olvidar el efecto educativo que tienen los comedores del colegio, independientemente de la calidad de los alimentos que se elaboren.

Pero el coste del comedor es una partida importante a asumir por las familias.

La alimentación de nuestros hijos es algo muy importante, y tanto en casa como en los colegios, se ha estado solucionando magníficamente con unas buenas prácticas de cocina. Comprendo la dificultad de montar un sistema para alimentar a colectivos numerosos, por la limitación del presupuesto. Mover un catering con instalaciones, medios que controlen frío y calor, y personal humano cuesta lo suyo y da muchos puestos de trabajo. Pero un buen equipo propio de cocina, con la formación adecuada y los medios técnicos modernos pueden convertir los menús en un medio para educar y alimentar correctamente a nuestros hijos.