Este post está fuera de carta. Y aunque no va de recetas, ni de nutrición, ni de pija gastronomía, ni siquiera de literatura, no puedo ni podría olvidarlo nunca. Lo he traído a este rinconcito bloguero en el que –por suerte- escribo lo que me da la gana. El viernes pasado asistí –con vellos de punta incluido- a una procesión –casera- es decir, con recorrido limitado a varias calles de un barrio; de hecho, sale de un colegio muy especial: el San Pelayo, en Santa Clara, Sevilla. Allí, en una de sus aulas, mis compañeras y yo, del equipo Cocinando Tu Futuro, estuvimos impartiendo a lo largo de seis mañanas de lunes, un taller de cocina a ocho de estos chicos especiales, que pese a sus discapacidades, podrán ser autónomos en un futuro próximo. Y todo ello gracias a la formación recibida en este colegio, creado en los años 60. Todos los viernes de Dolores acostumbran a sacar esta procesión, y nos invitaron a contemplar el desfile.

En lo primero que me fijé fue en la bonita capilla efímera (de toldos), construida para la ocasión, y que albergaba tres pasos de misterio, obras de los talleres de estos niños y adolescentes, que en número de 150 forman el Colegio de Educación Especial San Pelayo. Como la estancia finaliza a los 21 años, se funda para ese momento una asociación llamada Niños con Amor, en dónde continúa la labor formativa y educativa de modo indefinido, siempre con miras a la más eficaz inserción laboral.

Media hora antes, empezaron a llegar nerviosos en compañía de sus padres los participantes en la procesión: chicas de mantilla, monaguillos, capataces y contraguías (enchaquetados), Verónicas, portadores de insignias e incluso aguaores. Todos los puestos necesarios en un cortejo sevillano de pasión estaban allí representados. También aparecen algunas sillitas de ruedas con niños de monaguillos.

Micro en mano, se dan las oportunas instrucciones para establecer el orden del cortejo. Cruz de Guía, acólitos con faroles, emblemas y estandartes, preceden a un crucificado llevado en parihuelas. Los niños se agarran fuertemente a los maderos y saben mecerlo con dulzura: un par de capataces vigila la marcha del paso. Estamos en Sevilla, madre y maestra de la más intensa estética de Semana Santa, y esto está clavado en los genes de la ciudad desde siempre.

Empiezan a caminar los niños portadores de símbolos: niñas de mantilla con clavos, corona de espinas y martillo sobre cojines, junto a la Verónica que anda con dulce lentitud. Una filas con chicos ya mayores que deben ir sujetos unos a otros por los hombros, para no perder el rumbo mutuo. Síndromes de Down, autismo, otros trastornos diagnosticados, discapacidad intelectual, limitaciones físicas, miradas especiales en todos junto a andares a veces algo torpes…. Un grupo de chicos apoyados por sus padres, que los acompañan, los guían y están compartiendo con ellos esta mañana tan especial.

Y a continuación, el paso de un Nazareno con canastilla y respiraderos, que deja enseñar bajo las caídas las zapatillas de los costaleros. El orgullo de su trabajo les presta un subidón de autoestima y eso es lo que más necesitan.

Los profesores  del Colegio disponen el orden establecido en el cortejo, y llega el alcalde la ciudad, los de Canal Sur y los de la SER. Una vez la procesión fuera del recinto del colegio, salen también los vecinos del “Políngano” y los de los chalets medios, clase a extinguir con los recortes. Pero los niños han traspasado las fronteras de sus miedos y limitaciones y ya están en el riesgo del mundo.

Cierra la procesión un pasito de palio que se mueve con timidez, con una pequeña talla de dolorosa, y que a veces queda algo solitario. Suele pasar en el mundo real.

¡Ah!, y la música de la banda integra andares, miradas, pasos de desfiles, funciones…..e inevitablemente llega la emoción, y más aún cuando sale el primer costalero de debajo del palio, buscando el fresquito en esta mañana tan calurosa.

Un espectáculo sevillano, una olimpiada paralímpica de medalla de oro y brillantes, puesta en la calle con la mayor dignidad del ser humano. Todos los chavales van sonriendo en esta cadena laboral de viernes de dolores sevillano. Los organizadores han logrado asignar a cada uno de ellos un papel, una función, acorde con sus posibilidades. Incluso los que van en sillitas de ruedas participan de monaguillos. Nadie se ha quedado fuera, un gran ejemplo para nuestra sociedad tan elitista, soberbia y selectiva.

No soy de lágrima fácil, pero en la mañana del viernes lloré; lo confieso y lo asumo con todas sus consecuencias: lo que aquí se hace es algo muy serio; es normalizar lo que a primera vista no tiene posibilidades de orientación.

Desde este rinconcito bloguero, un abrazo a esos padres a los que la naturaleza les ha puesto las cosas más difíciles que a los demás. Y nuestro mayor reconocimiento a esos profesores de educación especial, que saben tanto de retos, paciencia y difícil enseñanza. Y un serio guiño a la Administración, para que no pierda de vista estos proyectos. La discapacidad es un “marrón”, pero forma parte de la vida misma, y merece la pena torearla, para que el ser humano pueda trabajar y crecer en su propia cocina personal.