Hay que salir a comprar, tengas ganas o no. En casa siempre falta algo, algo se ha acabado o está bajo mínimos. Por eso es mejor hacer la lista para corresponder a lo que pretendemos cocinar en una semana más o menos. Pero casi siempre se nos olvida algo. ¡Ay! Seguimos dependiendo de los alimentos y solo cuando la nevera está surtida parece que estamos más tranquilos. Y queda lo más trabajoso: cocinar, y cocinar todos los días, o al menos organizarse para comer todos los días bien y algo distinto. Pero: ¿qué se espera de esa comida diaria?

Tal vez alguien ya puso la mesa, con sus platos, vasos, cubiertos y servilletas. Ahora viene lo bueno. Hoy por ejemplo toca potaje de garbanzos, o tal vez patatas guisadas son carne, o un arroz con verduras, o unos macarrones con tomate. Todas son propuestas distintas, diferentes. El cocinero ha calentado tal vez esa cazuela en la vitro o tal vez plato a plato en el microondas.

Te llenan el plato, lo miras, lo hueles, lo remueves con la cuchara y  empiezas a salivar. El cocinero se pone impaciente también, pero de pronto empieza a relajarse. Por hoy ha cumplido su misión, que la comida caliente y variada llegue al plato de cada comensal, junto al segundo y el postre. Ahora tiene algún rato libre de cocina hasta la hora de la cena. Por hoy ha superado la prueba.

“¿Cómo está el arroz? ¿Y el tomate frito? ¿y el caldo del puchero?….” tal vez los comensales comenten poco el sabor del plato; tienen prisa en comer y salir corriendo. Pero conseguir que unas verduras salteadas o que unas lentejas estofadas estén buenas, ha costado su trabajito. Ha sido un esfuerzo para estar a la altura todos los días del año. No vale solo con mostrar la presencia del guiso final, tiene que tener un mínimo de calidad, y no se sabe hasta que no se prueba.

Es algo así como seducir todos los días a tu pareja con los mismos gestos de siempre, con el mismo perfume, los mismos besos y la misma mirada. Pues la cocina es igual, es el reto de gustar a diario, y en ello estamos.