Treinta y seis euros hemos cogido en el sorteo de la Lotería de Navidad, todo un triunfo. Y hasta ayer los informativos mostraban a la gente premiada, histérica, ilusionada, rociando cava a diestro y siniestro. Me alegra que el dinero haya ido adónde hacía falta, para un piso, un coche nuevo, ayudar a algún familiar, o sobre todo para “tapar agujeros”, como han dicho hoy algunos de los agraciados: pagar las deudas, deudas que pueden quitar el sueño.

Hoy traigo esta clásica letra de cambio, librada en marzo de 1936 y con vencimiento julio del mismo año, a cargo de mi abuelo paterno, Francisco Barrios González, natural de Cerrazo, una población de Torrelavega, Cantabria. Venido a Cádiz como chicuco, trabajó en los almacenes de González de Peredo, en dónde murió en una explosión producida dentro de las naves, allá por el año

Su muerte cambió el estilo de vida acomodado de la familia, y obligó a mi abuela a abrir en su casa una fonda con camas y comidas para estudiantes. Creo que hubo días en los que daba de comer a más de ochenta personas, y que comían muy bien a pesar del racionamiento de pan y otros productos tras la posguerra.

Pero aquí está la letra de cambio sellada, prueba irrefutable de haberse pagado,  aunque no sé cuál fue el concepto. Solo sé que alquilaba carros de su propiedad para el transporte de mercancías, y que era un hombre con aspiraciones. El accidente mortal se las impidió.

Hoy puedo presumir de que mi abuelo pagaba sus deudas. Ayer una prima mía,  en paro y con hipoteca, me dijo que lo primero que apartaba de sus ingresos era el importe del recibo mensual del préstamo. Gracias al dinero repartido por la Lotería, van a poder pagarse muchas letras. Y como decía uno de Moguer, las cuentas claras aunque el dinero no aparezca. Desde luego en mi casa, con treinta y seis euros, seguiremos con las deudas.