“Los mejores cuentos de La Vieja España” es un librito algo deteriorado por los años que aportó mi marido a nuestra biblioteca común. Hoy se vende solo en librerías de viejo. Editado en 1960, recoge unos 40 cuentos populares recogidos a lo largo de muchos años. La mayoría de ellos están olvidados. Federico Torres seleccionó y adaptó estos relatos, recordando en la presentación del libro que el cuento nació en la Alta Edad Media, floreciendo en los siglos XVI y XVII, y gozando de gran éxito hasta el siglo XIX, siendo la primera manifestación oral de todos los países, junto a refranes y romances.

Torres también indica que aunque de idéntico origen –el verbal-, hay dos tipos de cuentos: los cultos, que propagan los escritores, y los populares que transmiten los pueblos. A veces unos y otros son los mismos, aunque presentados de forma distinta. Al parecer, el primer coleccionador de cuentos fue el judío de Huesca Rabí Moisés Sejardí, bautizado en 1106. El caso es que los temas de estos cuentos se difundieron en todos los idiomas. El mismo Cervantes se inspiró en muchos de ellos.

Son muchos los escritores que han recogido estos cuentos populares ya transmitidos por varias generaciones, devolviéndolos igualmente al pueblo: Trueba, Campillo, Valera o Fernán Caballero, en España; Grimm en Alemania y Perrault en Francia. Todos estos cuentos tienen un gran valor “folklórico”.

He podido comprobar al examinar el libro, que muchos de estos cuentecillos están relacionados con la comida o la cocina. He cogido éste: “El ama del cura”:

“Éste es un cuento de un señor cura que tenía un ama muy gruesa, la que, a pesar de ello, nunca tenía ganas de comer. Cuando sacaba a la mesa la comida decía:

-Coma usted, señor cura, que yo no tengo apetito.

Pero, como estaba tan gorda, pensaba el cura:

-Pues hombre, esto de no comer y estar tan gorda, no lo comprendo.

Y decidido a conocer la causa de fenómeno tan notable, una mañana dijo al ama:

-Me vas a preparar buena merienda mientras voy a decir misa, porque tengo que salir a un viaje que durará todo el día.

El ama obedeció la orden recibida, y cuando volvió el buen sacerdote tenía ya repletas las alforjas. Hizo el señor cura como que se marchaba, pero muy quedito se subió a la cámara, y desde allí, escondido, pudo ver cuánto pasaba en el piso bajo.

Al momento el ama se hizo una buena sartén de migas y se las comió con excelente apetito. Llegó la hora de comer y la vio cómo se preparaba una tortilla y cómo freía un buen trozo de tocino y un chorizo. Y todo ello lo devoró en un santiamén. Y para la cena cogió el mejor pollo del corral, le retorció el pescuezo y le asó. Sacó luego de la bodega un jarro de vino y se dispuso a cenar.

Cuando consideró el señor cura que ya había terminado de alimentarse, salió de su escondite y con mucho sigilo llamó a la puerta. Fue el ama a ver quién era, y cuando divisó a su señor le dijo:

-Pero, señor cura: ¿cómo ha vuelto usted ya? ¿No dijo que se iba para largo?

Y repuso el señor cura:

-Sí; pero a poco de salir comenzó a caer un agua muy menuda, muy menuda, tan menuda que se parecía a las migas que te almorzaste esta mañana. Y después empezó a engordar el agua como la tortilla que te comiste. Y si no me arrimo a una tapa tan grande como el jarro de vino que te bebiste, soy tan ahogado como el pollo que tú te acabas de cenar”.

 

Este cuento es de Santander. Con variantes en Jaén, Ávila y Guadalajara.