Suelo verlos en las fruterías, arrinconados en un ramillete, casi olvidados. Nunca pregunto por ellos, y nunca me los ofrecen cuando estoy comprando, a pesar de la variedad de verduras que suelo llevarme a casa. Siempre van en grupo, obviando el singular en su presentación,  y sin recurrir a las modernas acciones de marketing. Pero esta vez acepté la propuesta del frutero, -“a ver qué tal están y cómo podríamos prepararlos”- pensé.

Antes de decidir qué hacer con los rabanitos, rebusqué en mis muchos libros de cocina y la verdad es que ninguno de ellos le dedicaba una sola receta ni un solo párrafo. Por ello, pregunté al señor Google, siempre de guardia, y me respondió una vez más con suma rapidez mostrándome muchas páginas. Pero con ésta había de sobra, la de Consumer Eroski, en dónde encontré orígenes, curriculum, referencias, propiedades vitamínicas de esta tímida hortaliza que no parece estar mucho en los circuitos comerciales de la gastronomía. Razón de más para que nos ocupemos de ella. Y desde luego es todo un hallazgo.
Y resulta que los rabanitos son ricos en vitamina C, por lo que son un buen antioxidante, ideales para eliminar colorantes y conservantes de los alimentos envasados. Son un buen digestivo, contienen mucha fibra, ayudan a reforzar el hígado, inhiben las células cancerosas, son ricos en potasio y un buen diurético. Ayudan en el control del hipertiroidismo. Y además su jugo, ayuda a cicatrizar las heridas de la piel, favoreciendo la cura en quemaduras y congelaciones. Y por último, llevan muy pocas calorías.
Los rabanitos son una opción más para las ensaladas. Tienen un sabor entre picante y amargo, pero se suavizan al pelar su cáscara y tras pasar por la nevera. Hoy lo hemos hecho en casa y la acogida ha sido buena. También pueden prepararse en jugo y en salsa con yogur, sobre todo para los niños.

(Creo que los rabanitos van a ser asiduos en casa a partir de hoy)