Me dijeron que nunca oyeron a nadie al otro lado del muro medianero de mi casa, situada en la tercera planta de una de las calles del barrio más antiguo de la ciudad. El piso estaba recién rehabilitado, y colindaba con una especie de jardín abandonado, que pertenecía al monasterio del siglo XVI, cuyas monjas tuvieron que abandonarlo ante la amenaza de ruina. Parece ser que tardó en llegar la rehabilitación, eso me contaron.

Al mudarme, hice algunas reformas. Por supuesto, nunca pedí licencia de obras, ésas son tonterías y gastos innecesarios. Y con un albañil amigo abrí una ventana en el muro, porque necesitaba más luz en una habitación que dividí, y que dediqué a mi despacho, para teletrabajar. El cierre metálico me quedó muy chulo, con cristales Climalit.

Me asomaba por la nueva ventana y veía un jardín medio abandonado, con pretensiones de huerto, con restos de losas y lápidas rotas. El lugar respiraba quietud y tranquilidad.

Un día de otoño templado me encontraba observando por mi mirador particular, cuando vi a una monja en el jardín. Estaba replantando semillas, recolocando algún arbolito, cortando malas hierbas y transportando macetas vacías. Oh! –Pensé-, debe ser una visión fantasmal: aquel hábito tan antiguo, el modo lento de su caminar, y con un manto oscuro… Sí, era un espectro seguro, que vendría del pasado.  

Otro día la vi sentada en un poyete de piedra con azulejos medio destrozados, leyendo un viejo libro de oraciones –supongo- con un lomo amarillento. Al poco tiempo desapareció sin que me diera cuenta. El huerto-jardín se volvía a quedar solo durante algunos días.  

¿Sería la monja que se aparecía por aquellas casas del barrio? Había comentarios entre los vecinos. Sé que había un libro que contaba algo de eso… En una ocasión la vi rezar mirando al cielo, absorta. Estaba como ida. Luego volvió la cabeza, la alzó y me pareció que miró hacia mi ventana, con cierto asombro e indignación, creo. Por eso me retiré del cristal, no quería ser visto, me daba un poco de yuyu.

Después de aquello, tardó mucho tiempo en reaparecer por el jardín, y ahora pasaba en él mucho menos tiempo, el justo para regar las plantas.

Me preguntaba qué hacía allí aquella monja, de dónde habría salido…y sobre todo a qué época pertenecía… aquel barrio estaba ahora de moda para gente alternativa, con algunos estudiantes y apartamentos turísticos. Es lo que traen los tiempos, y los vecinos de siempre iban desapareciendo…

Y yo seguía con mi ordenador en una mesa pegada al ventanal, y mirando hacia abajo, al jardín, esperando descubrir la visión de aquella extraña mujer, que solo aparecía de mañana…

Un día, varios meses después, llamaron a la puerta. Era un mensajero con una notificación oficial. El portador me dijo “es del Juzgado, un aviso de denuncia”. Entonces lo leí: “…una falta contra el Código Civil, que en su artículo 580, prohíbe a ningún medianero abrir sin consentimiento del otro, en una pared medianera ni ventana ni hueco alguno”. La denuncia la había puesto la Comunidad de Monjas de no sé qué orden…

Me quedé asombrado, pero tampoco me importó demasiado, porque las cosas de la justicia van muy despacio. Volví a mirar al jardín. Curiosamente descubrí que en uno de los bancos había posado un libro, que seguramente la monja había olvidado. Cogí unos anteojos que tenía guardados en el cajón y apunté hacia el libro. El título: “El origen de las especies”, de Charles Darwin.