El proyecto empezó allá por 2009 con una filosofía de cocina joven, innovadora y seria, ganándose un prestigio. Hace un par de años que trasladaron su local desde la calle Jesús del Gran Poder a la cercana Conde de Barajas. Hoy forman un grupo hostelero junto con Casa Dimas (comida casera) y La Crema (obrador propio de pastelería). El caso es que La Azotea sigue estando en la selección de los mejores restaurantes de Sevilla en su variedad de cocina moderna. 

Resulta que no habíamos visitado el local nuevo y ya tocaba. Sobre todo desde que asistimos a una webinar bajo el título FuerzaBar, en la que el propietario de la Azotea, Juan Gómez, representaba a la hostelería de Sevilla, dentro del sector de Andalucía, exponiendo su situación ante la crisis por la pandemia.

De momento en La Azotea no admiten reservas, así que decidimos llegar recién abierto el local, a las 13.30, con lo que almorzamos en soledad durante una media hora. Nosotros estamos acostumbrados a comer temprano, al mediodía y en la cena, así que no nos supuso esfuerzo alguno.

El local es cómodo, compartimentado, con una ingeniosa decoración y un servicio amable y atento. Por la hora pudimos elegir mesa y nos sentamos junto a una puerta abierta a la calle, lo que nos dio gran sensación de seguridad por mayor ventilación, si bien en este establecimiento el sistema de renovación de aire está por encima de los parámetros preceptivos, según nos contó su propietario.

La carta no es demasiado amplia, yo diría que de tamaño justo: entrantes, verduras y ensaladas, pescados&mariscos, carnes, charcutería y postres. Y se completa con platos especiales de pescado y algún risotto. Los precios son muy razonables.

Y la limitación de siempre: somos dos que no comemos demasiado, así que es cuestión de racionalizar: como entrantes, ensaladilla de ahumados (genial con sabores cruzados y una base de ketchup, nos encantó); croquetas caseras (de verduras, gran formato y suave bechamel), y saquitos brick con queso, puerros y langostinos (magníficas).

Y para encarar el menú, nos repartimos entre una ejemplar parrillada de verduras (muy bien diseñada, lo justo en cantidad y su aliño correcto con el aceite justo); un risotto de espinacas con carpaccio de gamba blanca (riquísimo y con una atractiva presentación); y para mí una corvina con ajo blanco, habitas de nuestra huerta &jamón ibérico de bellota (tal vez el plato más arriesgado por lo especial de este pescado y le faltó terminación a mi juicio).

El obligatorio postre consistió en una torrija casera de miel, de dimensiones justas, con helado de vainilla, que pudimos compartir con comodidad y «elegancia».

Y no quiero olvidar el vino -por copas- que probamos, solicitando que fuera andaluz: Tinto 2019, Bodegas Cortijo Los Aguilares (sierra de Málaga), uva tempranillo, merlot y syrah. Un poco ácido para mi gusto, pero archivado.

En resumen, nos llevamos un buen recuerdo de nuestro paso por La Azotea, su ambiente y su cocina en general, que conecta rápidamente con el cliente y lo hace disfrutar, y no nos importaría repetir pronto.