Pocos sitios hay en Sevilla con tan buena situación y tan bella puesta en escena. A lo largo de los años, la Taberna del Alabardero ha sido una referencia como punto de encuentro gastronómico y de lugar de contactos de negocios. Allí se creó la primera Escuela de Hostelería privada de la ciudad, disfrutando de gran prestigio, hoy trasladada a La Cartuja en una sede excepcional en ubicación y dimensiones. La Taberna ha practicado siempre una cocina tradicional, urbana y de oficio, gracias a los profesionales que han trabajado y trabajan en ella, dejando su personal sello.

Por motivos laborales y sociales he comido allí muchas veces y allí disfruté de mis primeros talleres de cocina con mis compañeros de trabajo, llegando a hacer muchas amistades que aún conservo.

Ahora, la Taberna del Alabardero, dentro de su estrategia empresarial está adaptando sus formatos a los nuevos tiempos, con vistas a especialización y ampliación de su oferta, aprovechando sus excelentes instalaciones. Su famoso patio de entrada muestra las últimas reformas realizadas en su barra, que incluye una sección de coctelería. Y el patio interior luce ahora un espacio más versátil y colorista para eventos y celebraciones.

Una de las novedades de carta es la degustación de arroces ofrecida los viernes al mediodía. El maestro arrocero Miguel Pérez (maestro de novicios hosteleros) dirige desde un salón contiguo a su equipo de cocineros, para conseguir un servicio de arroces al momento. Aparte, la carta trae los entrantes clásicos del menú bistró.

Ensalada de tomates y melva, revuelto de ajetes con setas y taquitos de cazón frito (cazón de verdad), fueron tres entrantes muy correctos incluidos en carta que merece la pena probar, por ser referencias de tapas andaluzas.

Y entrando en los arroces propiamente dichos, se presentaron de dos en dos por aquello de ser para dos convivientes como nosotros:

Arroz a banda con langostinos y corvina/ y Arroz negro con pulpito.

Arroz con verduras y pollo/ y Arroz con verduras

Arroz fideuá con fideos chinos/ y Arroz con rabo de toro.

De estos seis arroces que tuvimos la suerte de probar, me quedo con el último sin desmerecer a los demás. Pero nos pareció el de mayor intensidad. La degustación de arroces en viernes es una buena idea para acabar la semana laboral, un modo de probar distintos matices en arroces melosos hechos de modo profesional y presentados al momento.

Son también interesantes la carta de postres propios de La Taberna y también el magnífico pan, elaborado por la casa con masa madre, un acierto. Nosotros finalizamos con una torrija con toffee de caramelo y helado de nata, unas poleás clásicas de Cuaresma y un sorbete de limón. Un poco de todo.

Tenemos claro que una vez dedicados a los arroces, habrá que probar –seguramente en grupo autorizado- el resto de las tapas de la carta como la ensaladilla o las pavías de bacalao. Pendiente queda.