La calle San Francisco de Cádiz siempre tuvo valor comercial y hotelero. A principios del siglo XIX era la preferida de los franceses llegados a nuestra ciudad (como el pintor Delacroix), pues tenían en ella su propio albergue. Y muy cerca de allí, acaba de trasladarse el restaurante Código de Barra (antes en la Plaza Candelaria), ampliando metros, funcionalidad de cocina, plantilla y estructura de menús de platos, comenzando así una nueva etapa. Un acierto.

El chef holandés-gaditano Léon Griffioen, con más de veinte años de experiencia, necesitaba expandir su modo de trabajar y de presentar sus propuestas.  Ahora, en este local del siglo XVII puede lucir con éxito toda su creatividad de alta cocina en una adecuada puesta en escena. Su trayectoria profesional lo estaba pidiendo a voces. Todo ello coordinado por el buen hacer en la sala de su esposa Paqui Durán.

Con 200 metros de local, paredes que muestran la antes oculta piedra ostionera, algunas losas de tarifa, y arcos de bóveda de lo que seguramente fue el almacén de un comerciante de Indias que vivía arriba, ya en mil seiscientos, Con la rehabilitación, Código de Barra ofrece un ambiente elegante, de pocas mesas y música suave. Un reservado a la entrada, la bodega integrada para separar espacios, y la cocina mostrando en directo su ejercicio, demuestra otro modo de hacer hostelería. Cuenta también con una sala distribuidor que puede acoger pequeños eventos y recepciones.

Cuatro personas trabajan en los fogones, comandados por Griffioen, y otros cuatro en sala, todas ellas mujeres. Atención, elegancia en ajuar de mesa, buen servicio y guía para el comensal, lo convierten en un restaurante de nivel, que Cádiz necesita.

La oferta gastronómica del nuevo Código de Barra se expresa en dos menús de degustación, uno largo y uno corto. Probamos el primero (titulado Eritheia), temiendo no poder llegar al final, pero fue posible, incluyendo dos magníficos postres. Disfrute de principio a fin.

Tengo que decir que los catorce pequeños platos que degustamos -todos sorprendentes- demostraron que el chef juega a integrar diversos sabores, a veces antagónicos, en un recorrido personal y brillante por los platos tradicionales de la provincia de Cádiz, dónde él los construye a su manera, para que estén todos representados. 

Menú largo y estrecho que diría mi amigo Ruiz Torres, platos grandes y ración pequeña.

Tortilla de camarones (extracto resultón), albedo con mojama (recuerdos de la posguerra), candié (homenaje a la cocina del hambre), asaduras con arroz (plato atemperado delicioso), langostino de Sanlúcar (muestra de marisco y salsas afines), ostión a la brasa (guiño a nuestros esteros), pestiños con foie (sabor largo y exótico), oro de Cádiz con a.o.v.e. y flor de garum (el pan propio y contundente), puchero (auténtico, de siempre), chicharrones (lo mismo, en alta cocina), rabo de toro y tortilla guisada (genial combinación), pescadilla con pollo a la canilla (delicadeza de mar), pajarito frito (en realidad codorniz, genial).

Los postres: tartaleta de maíz con caramelo de naranja, espuma de mandarina, queso payoyo macerado en vino de rosas Langvis, fue un gran postre. Y el segundo, chocolate con churros, con distintas texturas, donde el churro es el helado, con crumble de galletas.

Tienen cerveza La Piñonera, de Puerto Real, y vinos de la provincia, como el que pedimos por copas, Xaldemil, de Setenil de las Bodegas (Cabernet Sauvignon y Syrah).

Una apertura que se ha retrasado debido a las dificultades de la obra en un local con gran protección urbanística, pero que al final ha merecido la pena. El nuevo proyecto viene a reforzar la puesta en escena gastronómica y hostelera de tantos buenos cocineros como tenemos en Cádiz. 

Y como aclaración, indicar que mantendrán abierto el antiguo local de este restaurante con el nombre de CONTRASEÑA.