Perdiendo el miedo aunque no el respeto, reservamos para almorzar en uno de los sitios más personales de la nueva hostelería de Sevilla: La Cochera del Abuelo. Apenas han cumplido un año desde su apertura, y ya tienen incluidos en su recorrido los tres meses de cierre por la pandemia. Pero todo ha sido abrir y llenar su aforo permitido, prueba de una clientela fiel.  Sus propietarios son Bosco Benítez y Cinta Romero, que atienden cocina y sala respectivamente. El sitio causa adicción y es gratificante después de tres meses sin probar platos ajenos.

En Álvaro de Bazán, 2, Sevilla, una salida de la calle Santa Clara (cerca de La Alameda) está abierto este local tan original, cuyo nombre recuerda lo que fue un garaje de guarda de los coches de caballo de toreros y flamencos, propietario del apodado El Abuelo, sobre una casa del siglo XIX.

Una puerta de local tipo accesoria que se conserva íntegra, da acceso al restaurante, con pequeña barra enfrente y un pequeño entresuelo útil también, en el que pueden sentarse 15-20 personas, aunque ahora lo impongan las limitaciones por la legalidad de protección contra contagios.

La decoración cuenta con objetos procedentes de anticuarios, como espejos, candelabros, cuberterías asiáticas, vajillas, soperas, muchas de ellas de la clásica Cartuja de Sevilla. A nuestra edad estas cosas nos seducen con mayor rapidez, y así se lo hice saber a Cinta.

El servicio de sala es muy atento y agradable y está dispuesto a adaptar los deseos de los comensales en raciones y orden de platos, lo cual da mucha tranquilidad.

La carta es breve (garantía de que todo es propio), y se caracteriza por un par de platos dedicados a verduras salteadas, otros dos de pescado fresco de alta gama y alguno más de carne. Los postres son totalmente caseros y bien realizados.

Por cortesía de la casa, se sirve una mantequilla casera hecha de reducción de hueso de ternera, sobre pan de trigo y centeno con lúpulo de cerveza, elaborado en La Esencia, obrador con sede en el Polígono Pisa, en Mairena del Aljarafe, al que habrá que visitar.

La gamba macerada de Huelva es un plato genial por su punto de frescor, que ayuda a abrir el paladar para lo que viene después. Lo recomiendo. Ejemplar sin duda el salteado de verduras –insisto- con huevo de corral, plato que deberían ofrecer todos los restaurantes. Un calamar de potera a la brasa con patatas cocidas sobre mayonesa de garum demuestra la afición al producto fresco de mercado, y por último, el arroz de Bosco, excelente, con un fondo hecho con cangrejo de Sanlúcar de Barrameda, que le da un toque intenso. El postre, tarta de queso, exquisito, sin caer en el abuso de azúcar. Cuatro platos que pudimos compartir con total comodidad.

Además de la comida, estrenamos la primera cerveza tomada fuera de casa, Alcázar, de trago refrescante y equilibrado, y que precedió a un tintilla de Rota 100% de Barbadillo, NUDE, un vino joven y de chispa que habla de la nueva vocación de esta bodega sanluqueña.

En resumen, primera salida tras el coronavirus, para encontrarnos con la cocina joven, colorista, cercana y con influencias exóticas de Bosco Benítez Ruiz del Pozo, que tras su formación, pasó por la cocina de Elena Arzak, viajó por el sudeste asiático y recaló más tarde en Tradevo (buena referencia), hasta que decidió abrir su propio proyecto con Cinta Romero.

Muy recomendable, toda su cocina es de verdad. 

Entrevista a Bosco Benitez por el bloguero De Tapas con Chencho.

Reportaje de La Cochera del Abuelo en Canal Sur.