Conociendo su estilo y la calidad de su cocina, nos llevamos una desilusión al comprobar que no ganó ninguna Estrella Michelín en la última presentación y gala en Sevilla.  Pero bueno, ahí está Tribeca manteniendo durante muchos años el mismo alto nivel. De hecho, fuimos a almorzar con unas expectativas que se han vuelto a cumplir y de sobra. El Restaurante Tribeca es de los mejores de la capital, su servicio de sala es magnífico y el conjunto es excelente. Además, conserva y renueva su placa de Restaurante Kilómetro cero, en una lista de un club selecto que no sobrepasa los 70 establecimientos en España.

Ubicado en la zona de la Buhaira, Tribeca es un lugar de relax gastronómico, que no acostumbra a doblar mesas, y que no abre los domingos desde siempre. El local es moderno y elegante, con pequeña barra, terraza para tapas, tres estancias de comedor –dos reservados y un salón principal- , con el espacio de la cocina en medio y separada por celosías de madera, y un sótano para tareas previas, almacén y conservación de su excelente pescado de roca, que saben manejar como nadie.

Dos personas para almorzar –como fue nuestro caso- siempre tienen la limitación de la cantidad, no obstante pedimos dos platos como entrantes y dos principales, ambos inolvidables. 

El aperitivo de la casa: crema de calabaza con pipas, leche de coco y aceite de albahaca fue una maravilla, jugoso y a la temperatura adecuada.

Continuamos con una tortilla de foie gras trufas del Alto Maestrazgo. Un plato exquisito, sin pegas.

El segundo entrante fue un salteado de setas, con chantarella, níscalos y lengua de vaca, espectaculares.

Y entre los platos principales, un pez limón en escabeche de perdiz que resultó exquisito y

Un pez espada a la brasa con miso (traído de Japón), cogollo a la plancha y vinagreta. De altura.

El pan –según nos respondieron al preguntar- se trae de La Esencia, panadería de Sevilla, y también de Viena la Baguette, de Madrid.

Y en el capítulo de postres, tampoco pudimos poner objeciones: un merengue exquisito con mango, y kir Royal, con bizcocho de especias como base, increíble.  Y el otro, el clásico postre de yema con cóctel francés. Ambos estaban a la altura de los platos servidos. 

Sala poco ruidosa, luz adecuada, servicio atento y platos pequeños pero intensos. Tribeca es un restaurante especial sin duda.

Para el vino -por copas- les pedimos que fuera uno de la provincia, escogiendo el premiado Zancúo, de Bodegas Margarita, de la Sierra Norte de Sevilla, porque hay que hacer patria. Eso sí, echamos de menos alguna cerveza artesana de la provincia, que ni tienen ni se la espera…. Pero por lo demás, un sitio fuera de serie, con precios medios altos.

Tenéis las imágenes de los platos a continuación: