A las 9 de la noche del 24 de diciembre ni un sitio libre en mi encimera. Muchos cacharros en bolsas de plástico fuera de su sitio y mis cajones y entrepaños casi vacíos, con tiestos desordenados, y varios trapos sin colgar, ni limpios ni sucios. ¡Con lo que yo he sido!.  Mientras tanto, en la cazuela, vigilo la lenta cocción de un pavo troceado sobre la hornilla de butano a punto de agotarse también, y que ya nadie volverá a encargar este mes. ¡Pobre pavo!, ni un vasito de vino blanco para alegrarlo…  A pesar de estos inconvenientes, esta noche soy la habitación más alegre de la casa. Las demás están recogidas, tristes, llenas de maletas,  sin cuadros en las paredes y sin colchas en las camas. La ropa de verano está guardada en cajas, junto con libros, recuerdos, documentos familiares, zapatos y pamplinas varias, como en todas las casas. Deprimente. Menos mal que estoy acostumbrada a trabajar muy concentrada entre estas paredes de azulejos blancos. Eso es lo que gano para mi salud mental.

Pero esta noche es especial. Hoy todos están a mi alrededor. Esta noche soy el último reducto caliente de sus vidas normales, de sus placeres y de sus sueños; eso piensan ellos y yo también lo creo.  Y por eso todos, incluso los niños de la casa se sentaron en la misma mesita cuadrada donde han desayunado, almorzado, cenado y charlado durante casi diez años, cubierta con un hule estampado muy hortera, sin que nadie preguntara por qué no cenar en el salón en una noche como ésta…. Yo tampoco hablé del tema, la verdad. Esta Nochebuena para mí está siendo insoportable.

Cuando estuvo tierno el pavo, mamá dijo “¡a comer!”. Costó trabajo encontrar platos y cubiertos iguales. Pero daba igual. En poco tiempo se consiguió que la mesa estuviera mínimamente organizada. Unas aceitunas de marca blanca (¡qué mal me caen!) en un cuenco de cristal animaron los huecos entre aquella vajilla cutre colocada con prisa. Al menos la comida estaba caliente y había pan todavía tierno. Pues ¡a comer entonces!.

La televisión ya estaba desconectada, con los cables colgando por el salón. Me alegro, porque tampoco me caía bien. En la mesa, los observo a todos. Me dan lástima. Una noche como ésta, hace más de dos mil años, una joven embarazada y un viejo andaban buscando posada inútilmente. A ver adónde irán éstos con el frío de diciembre. Soy una activista del sentimiento. Se me saltan las lágrimas. Me he llevado trabajando olla con olla con esta familia casi diez años, y ahora….una mala hipoteca, producto de un débil empleo y un injusto sistema acaba con todo.

Sé que el pavo que ahora van a comerse guisado lo trajeron del comedor de las monjas del barrio, por la puerta de atrás, con discreción. Pero está muy bien cocinado y no hay que ponerle pegas. Sí me molesta y bastante, la ropa sucia que quedó encima de la lavadora, que no dará tiempo a lavar y tender. Nadie está preparado para salir corriendo así de pronto. También veo por el suelo algunos juguetes de los niños.

Acaba la cena y no tienen ganas ni de mirarse. Pero no salen de aquí, no quieren ver más allá de mí la realidad que se les viene encima. Será el miércoles 26. Seguramente a las 9 llamarán al telefonillo, apretando fuerte el dedo sobre el botón del piso 3º C. Vendrá un agente judicial, alguien del banco y una brigada de la policía, mientras que muchos vecinos estarán al tanto desde sus ventanas. Habrá que hacerse a la idea, tragar saliva y mirar hacia el futuro. ¿Qué futuro?. Esto va a tardar.

Y es que no se acuerdan de que la navidad es también la fiesta de la precariedad, del desamparo, de la incertidumbre, del frío y de la soledad. Lo que pasa es que todos procuran quitarse esas sensaciones de encima poniendo buenas mesas y cociendo gambas. Pero es lo mismo. No se puede ser feliz en esta navidad.  Esta noche la fiesta está mostrando su auténtica cara, porque les ha tocado a ellos, a mis compañeros.

Son muchos años juntos. Cientos de guisos y reuniones familiares. Dentro de 48 horas yo también me quedaré sola. Seguramente durante algún tiempo estaré vacía, sin platos, cubiertos y sartenes; cogiendo polvo, mientras paso a pertenecer a un banco, una entidad que me idolatró y que ahora quiere ponerme un rescate desorbitado. No los soporto, igual que a las marcas blancas y a la televisión.

Dicen que tal vez no los echen, que negociarán un alquiler baratito mientras que esto se arregla. ¡Ojala! Yo no sirvo para estar parada. Y mientras tanto ¿dónde van a cocinar? Y ¿dónde van a comer?. De momento, he guardado celosamente los olores de sus potajes y sus arroces, para un probable regreso a mi fuego lento y humano. También hago memoria del aroma de alguna pata de buen jamón cuando los tiempos venían dulces. Pero mi amiga la nevera me lo ha contado todo. Apenas guardaba media docena de huevos y un trozo de queso de plástico en lonchas. Bueno, y un envase con leche medio vacío también. Creo que aunque esto se arregle, nada volverá a ser como antes.

Y yo sin poder hacer nada por ellos.  Solo preguntar por sus vidas de vez en cuando. No tengo el don de la movilidad. Estoy pegada al terruño contra mi voluntad. Eso sí, observo a las familias en sus conversaciones, en sus miradas y en sus crisis, porque he sido y seguiré siendo cocina para mileuristas y medio, o sea para pobres. Sé que en dos días vendrán a echarlos de casa. Al menos esta noche les he procurado cena decente, sabrosa y calentita. Hasta ahí llego.

Pero les prepararé unos bocadillos antes de su partida. Menos mal que este año, oliéndose la tostá,  ni siquiera habían puesto el belén. Mejor así. Malos tiempos para la navidad. Y a mí así no me gusta cocinar.

Cuatro bocadillos del queso en lonchas que quedaba en la nevera, envueltos en papel del periódico de ayer; uno de ellos en la página de la lista de premios de la lotería. ¡Espero que encuentren y comprueben el número del décimo que colocaron debajo del salero…! La cocina siempre ha sido testigo de grandes cambios.