El pasado 31 de agosto regresó al puerto de Buenos Aires el buque Escuela “ARA Libertad”, de la armada argentina, tras finalizar un crucero más de instrucción. Esta fragata tiene para nuestra familia un especial significado, porque en el verano de 2002 nos devolvió una visita hecha ciento doce años atrás.

Fue el 20 de mayo del año 1890 cuando la gaditana Irene Macías del Castillo, casada en 1885 con Eduardo Fedriani Gallardo (bisnieto de Carmen Toscano Cavana), arribó al puerto de Buenos Aires procedente de Cádiz, con su marido y sus dos hijos. Tenía 24 años, y buscaba una vida y un trabajo mejor para su esposo, de profesión contable. Y así fue, Eduardo encontró rápidamente trabajo como para vivir desahogadamente. Sus descendientes llegaron a la alta dirección de la cúpula financiera argentina (Banco Provincias). Además, allí le nacieron otros tres hijos. La copia del certificado de inmigración de Irene, me llegó por correo hace algunos años. En mi familia no teníamos idea de la marcha de estos antepasados a América, por otro lado cosa muy frecuente en aquellos tiempos en los que España se sumía en una decadencia económica y social.

En la primavera del año 2001, a varios primos míos y a una servidora se nos ocurrió organizar una reunión familiar lo más amplia posible, localizando a todo aquel pariente de nuestra gran familia, llevara todavía o no el apellido Fedriani. Y con tal motivo, conseguimos sacar en julio de 2001 una página en Diario de Sevilla avisando del encuentro f amiliar previsto para el mes de octubre. Este diario llegó a Argentina, y desde allí contactaron con nosotros. Ya contaré en otra ocasión los apasionantes detalles de esta reunión que juntó a casi 300 Fedriani en Cádiz.
Por diferentes motivos, no pudieron estar los Fedriani argentinos en aquel gran encuentro del apellido, que se celebró un mes después de los atentados del 11-S. Pero al año siguiente, el buque escuela Libertad tenía previsto visitar el puerto de Cádiz como única escala en España, en lo que fue su 36º crucero de instrucción. En la travesía desde un puerto holandés al gaditano se unió una de nuestras parientas argentinas, Saralía, descendiente de Eduardo e Irene. El comandante, el capitán de navío Jorge Rolando Borgallo nos comentaba poco después de llegar a Cádiz que se sentía como en casa. Aquel año el país argentino tenía serias dificultades económicas y financieras.
Seis días permaneció el barco en el muelle gaditano, durante los cuales recibió miles de visitantes. Pero sus mandos tuvieron la amabilidad de concedernos una visita privada para la familia Fedriani. En ella, nos regalaron un vistoso volumen sobre el Libertad, dedicado por el comandante, que yo gustosamente recogí. Nuestra familia a su vez les entregó una placa que rezaba “Al buque Libertad, que cruzando el mar propició después de un siglo el abrazo de la familia Fedriani de Argentina y España. Cádiz 2002″. Aquella placa viaja desde entonces en las paredes del buque Libertad por todos los mares del mundo.
Recuerdo que compartimos algunos momentos con el comandante Borgallo y su esposa, donde nos ofrecieron un vino tinto riquísimo, unas empanadas de  hojaldre y carne hechas con especial finura y unos langostinos que servían ya pelados. Nosotros les obsequiamos con el Moscatel Gloria de Bodegas Sanatorio, y ellos confesaron estar enamorados de uno de nuestros productos más clásicos, humildes y entrañables: las tortas de Inés Rosales. Mi marido y yo les contamos cosillas de Cádiz, como la costumbre de los galeones que salían para las Indias de dar salvas de honor (cañonazos) a su paso por la bahía frente a la iglesia del Carmen.
 
 
Al mediodía del viernes 13 de septiembre de 2002, zarpó el buque escuela Libertad, mientras desde su interior sonaban antiguos tanguillos de Cádiz. Nosotros lo contemplábamos desde el muelle con emoción, y esa música viñera me puso el vello de punta, porque sabía a cariño de Argentina por Cádiz. Aquel día, todavía nosotros de vacaciones de verano, seguimos el recorrido del barco desde lejos con sus espléndidas velas desplegadas. Pero la emoción nos pudo, cuando escuchamos los cañonazos de salvas del Libertad –siete en total- al pasar frente a la iglesia del Carmen, como aquellos antiguos galeones. Nos consta que para estos cañonazos de saludo, el comandante tuvo que avisar a las autoridades militares de la bahía y de Rota. Pero el detalle pasó desapercibido a los medios de comunicación. Chapó para la sensibilidad del marino hacia la ciudad que lo había recibido. Y Chapó para el poder de la comunicación, que es capaz de crear ilusión, emociones y acercamiento entre dos pueblos tan lejanos. La fragata Libertad estuvo en nuestra casa, como si fuera la suya, llevándose a bordo el regalo de las tortas de Inés Rosales.