¡Qué aproveche!. Era la respuesta a la cortés pregunta del titular, que debía formular quien comenzaba a comer al que miraba o pasaba por allí. De pequeña, contemplé muchas veces este diálogo entre las personas educadas según mis padres. ¡Qué aproveche! era una manera de felicitar al que comía, como una suerte o un privilegio. José Manuel Vilabella Gardiola en su libro “La Cocina de los Excesos” dedica un capítulo a la vigencia de la frase ¡Qué aproveche!. Y dice el autor que hoy es un término totalmente anacrónico. Yo sigo diciéndoselo a los albañiles que comen el bocadillo de media mañana sentados en la obra, y siempre me responden «¡gracias!.

Son recuerdos de años de pobreza y escasez, en los que se comía para alimentarse, no para disfrutar. El concepto saludable no tenía cabida en el vocabulario culinario, en una situación de subsistencia alimenticia, entre anemias, raquitismo y muchas enfermedades derivadas del comer poco o nada. Ahora tenemos otras enfermedades, derivadas del comer mucho y mal.

Hace años eran normales estas “cortesías gastronómicas”, y concretamente la frase ¡Qué aproveche! es la que más tiempo se ha venido manteniendo en el lenguaje cotidiano, venía a ser como decir un hasta luego en su variable gastronómica. Pero es cierto que está en desuso, casi nadie lo dice. 

Además, hoy preferimos que la comida no aproveche, que no engorde, y consideramos que la salud no se adquiere, en todo caso se conserva, se pierde, se atesora o despilfarra. Antes la preocupación era saciar el hambre ante el riesgo de morir o enfermar. Por ello, gordura y despensa eran sinónimos de felicidad.

¿Usted gusta? era una pregunta de educación que nunca era respondida, nadie se daba por invitado, simplemente se cerraba con el deseo de qué aproveche!

El hambre como necesidad urgente y, si se podía, comer cuanto más mejor. Hoy las campañas de marketing de alimentos también invitan a comer rápido para cumplir pronto con esa necesidad, buscando por la introducción de sabores atractivos, la adicción del comensal. De nuevo los alimentos son la moneda de cambio de nuestros apetitos, emociones y adicciones.

Aún recuerdo haber visto de pequeña cómo se besaba el pan cuando se recogía al caer al suelo. Es bueno amar a los alimentos, si bien no podemos querer igual a los frescos que a los ultraprocesados, no sería justo.