Tengo en casa una lata de mejillones con una marca muy andaluza por cierto, que me hizo pensar que el producto era nuestro.  Pero leyendo la etiqueta –con lupa por supuesto- supe que los bivalvos procedían de Australia y, al probarlos, supe de su mediocre calidad.  Me molestó el engaño de palabras de la marca y no volveré a comprarlos más.

Está claro que productos como éste no son sostenibles, porque al venir de lejos deben gastar combustible en su transporte, contaminando más de lo permisible. A veces, incluso, estos productos llevan certificación de ecológicos por su modo de obtención, pero eso no los hace mejores. La experta científica Gema del Caño declara “Lo ecológico no es sostenible, lo convencional no es sostenible”. Un tema para hacernos pensar.

Interesante este artículo de Eroski Consumer sobre la importancia de la sostenibilidad en la producción de alimentos, por encima de su naturaleza puramente ecológica, que tanto sirve como reclamo. 

La crisis sanitaria debido a la pandemia ha puesto de manifiesto muchas de nuestras debilidades (sanidad, educación, precariedad laboral, economía sumergida…) pero también ha revelado las claves de nuestro sistema alimentario y sus puntos flacos. Durante el confinamiento, la población aumentó sus compras de alimentos básicos, como si de un estado de guerra se tratase, por aquello de almacenar. Y de ese modo, legumbres, pasta, arroz, harinas y conservas se agotaron en los supermercados. 

Y mira por dónde supimos que estos productos básicos no siempre se producen en España en cantidades suficientes. Y sirva como ejemplo que las legumbres, tan estratégicas, sostenibles y beneficiosas para la salud y para la tierra, se adquieren en los mercados internacionales en cantidades casi 13 veces máyor de lo que se produce. Esto no ayuda. 

Se habla de legumbres envasadas en Castilla-León (símbolo de calidad y prestigio) pero cultivadas en USA; atún en conserva que se envasa en Galicia pero que procede del Pacífico Central, o pimientos que dicen ser de Navarra pero que vienen de Perú. Es decir, que en estos productos saludables dependemos del comercio internacional, sujeto a economías lejanas. 

Pero los sistemas alimentarios solo pueden resistir las crisis si son sostenibles, y hoy aportan 1/3 de las emisiones contaminantes, consumen grandes cantidades de recursos naturales y dan como resultado la pérdida de biodiversidad, impidiendo además retornos económicos justos y medios de vida para los productores primarios. 

Recordemos que los consumidores tenemos poder para mejorar la situación a través de nuestras elecciones en la producción alimentaria, dando prioridad a los productos de proximidad y de temporada, prestando más atención a las etiquetas y adquiriendo las cantidades justas para frenar el despilfarro. 

Sostenible no significa ecológico.