Peluquería con cita previa, mascarilla, desinfectante y distancia. Pago con tarjeta. Salir con el pelo alisado debería dar ánimos a cualquiera, aunque la mínima vista del rostro no acompañe.     

Atravieso las calles más comerciales del centro. Solo unas pocas tiendas abiertas o medio abiertas, algunos letreros de traspaso o alquiler, pequeños y grandes dramas en rótulos. Para colmo llueve y ventea, convirtiendo la zona en lugar incómodo para pasear. Mi tienda de ropa favorita sigue cerrada por el momento. Demasiado grande su local.

Pequeñas zapaterías ofrecen los modelos de la nueva temporada: mucho zapato de esparto, calzados de piel con el tacón diferenciado, y abotinados con cordones para el cómodo andar urbano. Alegría en los escaparates que contrasta con la tristeza exterior. Todas son marcas españolas, las conozco.

Me paro en una de ellas porque no hay público para pararse. Veo unos zapatos negros con pulserita, altura media de tacón y flexibilidad en la puntera con pequeña plataforma de goma. Ideales, pienso para mi, pues relevarán a otros similares ya estropeados.

Dudé un poco pero al final entré en la zapatería. Una chica joven (lo normal en estos casos), con mascarilla, con perfecto peinado y maquillaje de ojos me recibe y me invita, lo primero, a desinfectarme las manos con un frasco preparado. Ya había soltado el paraguas a la entrada.

Señalo el zapato elegido, pido mi número y la dependienta consulta si lo tienen. Como fue que no, lo pide por teléfono al cercano almacén de la tienda, común a las 3-4 pequeñas zapaterías que tienen por la zona. Me siento y espero. Ahora solo tengo prisa marginal.

La espera me sirvió para cambiar impresiones con la empleada. Tras un ERTE, acababan de abrir, cerrando ahora al mediodía.  Me explicó que si no remontaba el negocio ahora, ya no habría más ERTES, todos irían al paro y sin horizonte laboral. Una sensación de escalofrío económico me pareció sentir. También me recordó que la tienda vendía mucho a los turistas extranjeros, admiradores de nuestro calzado. ¿Y ahora?. 

Llegaron los zapatos del almacén, me los probé, me convencieron (no al 100%, pero lo suficiente). Pagué con tarjeta (mucho menos de lo que pensaba, por tratarse de un modelo “marca blanca”. Bueno, hay que facturar.

Entré en la zapatería por el impulso de apoyar al pequeño comercial local, como forma de decirle que los compradores lo seguimos siendo. Pero esperaba encontrarme a una persona agobiada, amargada, estresada y no fue así. Vi a alguien muy profesional, conocedor de la mercancía y de sus cualidades y, sobre todo, hablando como si nada hubiera ocurrido, dando a la conversación comprador/vendedor un toque de total normalidad.

Salí de allí muy contenta, admirando a esos miles de empleados semipobres  que además de ser excelentes profesionales, son los que gestionan y salvan negocios con su buen carácter. Son la esperanza de esta crisis que se nos viene encima. 

Zapatos nuevos, tal vez esperanza.