Vaya por delante que puedo opinar y opino de este tema en base a mi título académico: Desde noviembre de 2012 soy Licenciada en Tortillología por el Ilustre Colegio de Tapatólogos de la Provincia de Cádiz, con la calificación de matrícula de honor. Probé las tortillas de todos los bares requeridos, escribí diversos ensayos técnicos y elaboré un par de tortillas como proyecto final de carrera.

Eso me atribuye una cierta autoridad para enjuiciar y poner las tortillas –digo las cosas- en su sitio. La revista de la OCU que recibo mensualmente en casa dedica un reportaje a comparar las diferentes tortillas preparadas que venden en los supermercados. Y claro, mi propósito aquí es dejarlas en evidencia por mucho énfasis que pongan en sustituir a las de casa. Nada como las que hacemos nosotros.

La tortilla de patatas es uno de los platos estrellas de la cocina, mejor dicho de la gastronomía tradicional española. A todos gusta, no hay dos tortillas iguales, admite de todo y varía en función de los ingredientes mejores o peores que le incluyamos. Por algo se creó una licenciatura como carrera postgrado para estudiarla, analizarla y practicarla.

El reportaje por cierto también dice que la tortilla es fácil de hacer aunque lleve su tiempo. Y claro, como el tiempo de la cocina se asume mal y de un modo subjetivo, pues cada vez se compran más este tipo de platos como las tortillas preparadas. Tal es así, que se habla de un mercado en crecimiento de ellas. No hay un establecimiento que se precie que no tenga sus propias tortillas hechas y envasadas en plato o retractilado, que por lo visto rondan los 4-12 euros kilo, según sean refrigeradas, ecológicas, de marcas blancas o congeladas.

Dice en su artículo la OCU que a algunas de estas tortillas les falta la información nutricional en el envase y un teléfono o correo electrónico para contacto con el consumidor. Admite también que en un análisis no presentan un gran contenido de grasas ni de azúcares o sal, siendo completas nutricionalmente: hidratos de las patatas, proteínas y grasas del huevo, grasas del pochado de la patata y sal.

En estos productos procesados se estudian los hidratos de carbono, el azúcar y la sal, las proteínas, etc. Pero de ninguno de ellas nos dirán de dónde son las patatas, ni de qué categoría y origen los huevos, y, mucho menos qué clase de sal lleva o si se empleó aceite de oliva virgen extra y de dónde es.

Todos estos datos sí están a nuestro alcance cuando somos nosotros los cocineros de nuestras propias tortillas de patatas. El consumidor debería conocer el origen de todo, en unos tiempos en los que se desea valorar los alimentos de cercanía.

Pero lo peor –según OCU- es que llevan aditivos, como productos ultraprocesados que son: texturizantes y conservantes.

Al final, estas tortillas quedan demasiado secas, tienen zonas quemadas, ennegrecidas, restos de piel de las patatas, distribución irregular de patata y huevo, etc. Y la patata queda muy entera al igual que la cebolla, que debería quedar pochada. Son poco jugosas.

No he tenido la ocurrencia todavía de comprar y consumir estas tortillas, si bien en algún bar nos la han puesto como tapa a ver si colaba…. Y, desde luego, no tienen el olor de una tortilla hecha para la ocasión.

La verdad, no entiendo el éxito comercial de estas tortillas preparadas, con lo poco que se tarda en hacer una, sirviendo además para aprovechar junto a las patatas, aquellas verduras que se van quedando olvidadas en la nevera…