Escribo esto con un poco de retraso y ya me coge en los duros días de confinamiento por la alarma sanitaria. Quería hacerlo tras la última tertulia del Ateneo de Cádiz sobre el presente y futuro de los mercados de abastos, que me animaba a expresar nuevamente mi opinión y simpatía por este modo de vender, pero también de comprar.

Hace un mes, antes de esta situación, yo habría comenzado así: “puedo presumir y presumo de que en el mercado de abastos he vivido bonitas y atípicas experiencias, como fueron la presentación de mi primer libro “Los lunes, lentejas” (2013) y por otro lado una cata de vinos tintos en el puesto de Magerit (hoy desaparecido).

Así fue. Dos pequeños eventos celebrados en el mismo mercado central de abastos de Cádiz, sede de gran versatilidad cultural, partiendo de su valor patrimonial (principios siglo XIX), junto a otras celebraciones como las fiestas de Tosantos –también decimonónica- a las que pude asistir en algunas ocasiones. En mi infancia recuerdo recorrer con mi padre los puestos adornados, las banderitas en los techos, la música de copla en altavoces y la copita de manzanilla para el cliente: la fiesta de los mercados.

El mercado de mis padres, de mis tíos, de mis abuelos, el mercado de las noticias de la guerra civil, de los menús de semana santa, de las cuentas de la compra en un papel de estraza, del buen arreglo para el plan de comida, de la escasez, pero también del desarrollo posterior, de la modernización, y de tanta vida…

Y ahí siguen nuestros mercados, llenos de mercancía fresca, cercana, variada, buena o muy buena, con una cara visible enfrente a quien preguntarle, a quien encargarle, a quien responsabilizarle, como un escaparate de la estacionalidad de nuestros campos, por ser sus primeros anunciantes.  

Con productos que llegan y se exhiben procedentes de una lonja, que han viajado lo justo y que se venden al peso, al peso justo, sin bandejas, papel superfluo, espacio sobrante, y con la libertad de elegir nuestros puestos, nuestros vendedores, los que más se adaptan a nuestras preferencias. Y hay para todos los gustos, no se puede ser más democrático.

Para mi alegría, los mercados tradicionales de España se acaban de asociar en una plataforma. La unión hace la fuerza en lo comercial y en lo social. Porque ellos son los grandes valedores de los productos frescos, los que vienen del campo o del mar, con producción y poca elaboración, para que nunca perdamos de vista a nuestra tierra, y contra la tendencia de centrarnos solo en los méritos de la industria.  

Y no solo el público comprador debe apreciar la importancia de los mercados, también sus detallistas, que son su alma, deben valorar lo que tienen entre manos, en muchas ocasiones por herencia, sabiendolo transmitir al ciudadano, ése que tiene poco tiempo, que se deja seducir por los procesados, que no contempla el compromiso de cocinar, y que, lamentablemente, no escucha el mensaje que nos dan los alimentos a cada uno de nosotros.

En estos días difíciles, hay tiempo para analizar y valorar lo importante, a la luz de la historia, el trabajo y el compromiso con la alimentación. En estos días tan difíciles, nuestros mercados siguen ahí, dando la cara y ofreciendo lo mejor,