El viernes solo rumores, aunque ya tomábamos nota de la importancia de lavarnos bien las manos y de guardar la distancia adecuada entre nosotros, fuera besos y apretones de mano. Salí a comprar lejía y gel de manos. Tenía cita en la peluquería para el tinte y acudí. El día antes había hecho la compra semanal fuerte, que es la de la frutería (verduras, frutas, legumbres y frutos secos…), porque no compramos en supermercados salvo la leche y poco más. Aún no se había dictado el decreto de confinamiento en casa por alarma sanitaria pero ya nos habíamos hecho a la idea. Pensé que debía contar con alimentos para cocinar para una semana y así era.

Esa misma mañana había preparado varios litros de caldo de verduras con cuartos de pollo para congelar después. 

Descongelé tomate frito, en cantidad suficiente para cocer unos macarrones integrales y para unos huevos rellenos que hicimos con unos pequeños trozos de salmón que también sobraron de dos días atrás (aquí no tiramos nada). Almuerzo del viernes listo y con la casa limpia. De vuelta de la peluquería comprobé que las terrazas estaban a medio gas y algunas incluso vacías. 

La inesperada tarde libre -que siempre tiene tareas fuera de casa- la dediqué a responder y borrar correos y a leer mil cosas que tenía pendientes. Poco a poco las calles se iban quedando silenciosas. Freí para la cena unas croquetas de bacalao propias que tenía congeladas, con su correspondiente pisto de verduras. Verduras siempre.

Escribí por whatsapp a una vecina que sabemos que vive sola por si pudiera necesitar algo. El resto de los vecinos no sabemos dónde vive exactamente, cosas de nuestro estilo de vida.

El sábado fue distinto, ya había conciencia de que se dictarían normas restrictivas de movimiento y estábamos a la espera. Tocaba una ensalada de pollo (ya cocido), como plato experimental, con zanahorias y calabacines en formato tallarines. Seguí la receta pero no nos gustó el resultado, demasiado sosa; el otro plato, sopa de coliflores con fideos. Preparé además garbanzos con verduras (seis platos) para congelar y unos judiones con gurumelos y chorizo (cuatro platos).  La fibra es fundamental en la dieta. La cena, rabanitos y tortilla francesa.

Hoy domingo, de almuerzo los judiones con restos de la ensalada de pollo, que tuve que aderezar un poco para mejorar el sabor. La cena, huevo duro y resto de la sopa de coliflores (sin recalentamiento, claro).

Mañana, toca hacer lentejas, pimientos aliñados (ya están asados) y calamares con guisantes para el martes. Y el miércoles, los garbanzos congelados. El jueves, guisaré algo de carne.

El tiempo libre de este confinamiento me está viniendo muy bien para seguir con mi cuarto libro de cocina, que lo tenía un poco abandonado. En ello estoy. 

Además de no salir, he renunciado a las tortas de aceite para merendar y he disminuido las raciones en los platos, sobre todo los míos, que mi marido no tiene problema de peso. Si no hacemos ejercicio hay que racionalizar las cantidades de alimentos. Tampoco estamos tan mal. Pasa un coche cada minuto, puedo oirlo junto al tecleado de mi ordenador.

Eso sí, he descubierto que en mi casa las ventanas se abren y entra el sol. 

Nuestra cocina no para, igual que antes. Tampoco paran los whatsapp, con demasiada información a mi entender. Espero que todas aquellas personas que no cocinan porque dicen no tener tiempo, aprovechen ahora estos días para ofrecer platos caseros, variados y ricos en sus casas. A ver si se acostumbran a comprar más en los mercados y tiendas de barrio, porque eso significa que se ponen a guisar.

Espacios cerrados para todos, libertad de horarios con pocas obligaciones, la radio informando siempre y en la tele los informativos. Sabemos por ellos de la vida difícil de los hospitales y de sus trabajadores. Pero nuestra única obligación es mantener nuestras necesidades básicas (comida e higiene) y no salir de casa. Se nos pide poco.